Inicio Opinión Fly me to the moon

Fly me to the moon

0

Ayer fue una de esas mañanas en las que la Luna se veía de día. A primera hora de la mañana estaba caminando por el centro cuando un niño de unos 3 años, en silla, se la señaló a su madre. ¡La Luna, mamá, la Luna!

Los primeros recuerdos que tengo de la Luna y del espacio están asociados a E.T., una tarde de sábado, con mis primos, y al descubrimiento de las constelaciones cuando comencé a salir al campo. De pronto fui consciente de que las estrellas solo se veían en el campo y en el pueblo, allí donde el aire era más puro. Así que asocié que para poder ver la luz había que quitar todo lo superfluo, y que además se contemplaban mejor en silencio. Mi padre nos llevó alguna vez también a ver  la lluvia de Perseidas. Noche de verano, mi padre cogió el coche y nos montó a mi hermano, a mi madre y a mí y fuimos los cuatro por la carretera que va a Huesca, dejando el coche pasado el CIR que nombra Manuel Vilas en un poema. No soy capaz de recordar que deseo pedí, (tendría unos diez años) pero sí he pensado que a día de hoy seguramente no pediría ninguno porque he dejado de creer en estas cosas. Y por otro lado me han entrado ganas de volver a verlas. Así, las estrellas quedan también asociadas a ese vínculo que es la familia.

Mailrelay, email marketing

Hace un año y medio, en Calaceite, mi amiga Susana y su hijo me llamaron para que saliera al exterior a ver las estrellas. La Osa Mayor, me dijo Sergio, de 6 años de edad.
Mire hacia arriba. Me costó encontrarla. Pensé en que de niña la localizaba en microsegundos y pensé en la ceguera que nos dan los años. Pero la localicé, y allí estaba también la Osa Menor y la estrella Polar. La que no se mueve y la que es como un faro. Me di cuenta de que cuando bauticé Polar a mi segundo libro en ningún momento pensé en la estrella, y sin embargo el otro día me pareció clarísimo que todo el tiempo de alguna manera también había estado ahí. Recordé también que cuando éramos pequeños mi hermano y yo teníamos un mapa de constelaciones que se iluminaba al apagar la luz en una de las habitaciones de la casa. Jugábamos a nombrar las estrellas. Sabía que la mía estaba más cerca que la suya de la tierra. Quizás porque los hijos mayores tenemos en general más miedo a volar.

El sábado se cumplieron 50 años de la llegada del hombre a la luna a bordo del Apolo 11. El documental que puede verse estos días en los cines es una auténtica maravilla llena de emoción y honestidad. Pero además os recomiendo que veáis First Man, de Damien Chazelle. Me gustó mucho la visión de Chazelle sobre la llegada a la luna y la figura de Armstrong, alejada de la épica y el retrato de un héroe para quedarse en lo pequeño, en la figura de un hombre lastrado por la pérdida. El universo es grande y en él resuena la nostalgia, la búsqueda y la identidad. Por eso me ha obsesionado el espacio como búsqueda, más allá de la aventura, y por eso me maravillan todas las metáforas que nos ofrece el espacio, como que las estrellas estallan al morir, cuando a mí siempre me ha parecido que nosotros morimos hacia dentro. Por eso el suicidio de la nave Rosetta chocando y explotando contra el propio cometa al que ha tenido que cortejar, ese cometa con nombre que suena a noble ruso, me sobrecoge. Porque  la ciencia y la tecnología también crean literatura. Por eso creo también que la belleza de la simetría de la arquitectura y sus bóvedas en una catedral pintada de estrellas doradas sobre azul nos calma a los que somos asimétricos. Veo nervios y arterias, veo el firmamento a través de una nave espacial. La médico frustrado que pudo haber en mí se bate en duelo con la mujer a la que le fascina el espacio. Y por eso cuando visité Lanzarote me pareció hermosa como una tierra lunar, pero durísima. La vasta extensión de tierra negra en la que apenas crecen algunos líquenes y otras plantas te hace pensar en un espacio sin límites.

Nunca me ha dado miedo la posibilidad de vida alienígena como concepto. Me gusta la película Vinieron del espacio porque los extraterrestres toman formas humanas cuando desean. El mecánico del pueblo, el vecino, tu jefe. Creo que causa mucho más terror que la idea de una cosa babosa de 2 metros con varios o un único ojo. Quizás porque a lo largo de la historia las atrocidades han venido de la mano de lo similar. Gente con esvástica que con una mano firmaba muertes en la cámara de gas y con la otra empujaba el columpio de sus hijos. Queremos que la maldad y lo desconocido no se parezca a nosotros, para poder sentirnos fuera de ella. Me asusta más la resonancia del espacio, su capacidad de belleza desestabilizadora y emocional, fascinante y aterradora. En el espacio no existen coordenadas espaciales ni temporales, o éstas se transforman. El hombre que viaja al espacio, perpetra un doble viaje, hacia el espacio y hacia la soledad. Ese vacío infinito le devuelve amplificado en un eco la sensación de que el hombre básicamente está solo, de que gritar al espacio es un grito hacia dentro, hacia el origen y no hacia el final. Que las estrellas que brillan en lo alto no son nuestros abuelos muertos.

Y a modo de cierre de este paseo lunar tengo que recordar la película The Arrival (La llegada), de Dennis Villeneuve, que además rinde homenaje a Encuentros en la tercera fase, otra película emblemática de mi infancia. The Arrival se convierte en una de las películas más humanistas que nos ha dado el género del sci-fi y del espacio. La comunicación y la falta de comunicación, y de que no hace falta hablar todos los idiomas del universo sino de abrir la mente para comprender el otro a la vez que nos sumerge en la idea de que el tiempo pueda ser circular. El lenguaje como obstáculo y portal. Tan sencillo y tan difícil como bailar el hula hoop con los anillos de Saturno.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here