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Filosofía con otras voces

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Nuestro lenguaje coloquial está acostumbrado a recoger referencias de carácter peyorativo a la filosofía.  Es habitual escuchar adjetivos que tienen su origen en la historia de la filosofía y que sirven, las más de las veces, para calificar de manera negativa a quienes se dirigen: cínico, sofista, maquiavélico, son algunos de ellos.  Su utilización incita, inmediatamente, a una consideración negativa de las escuelas o autores de los que proceden, presentándolos como expresión de formas perversas de pensamiento, ya sea por su vocación de engaño (los sofistas), por su descreimiento de la verdad (los cínicos) o por la justificación de cualquier medio para obtener el fin que interesa (Maquiavelo).  Afortunadamente, en los últimos decenios, una parte de la historia de la filosofía se ha dedicado a deshacer estos intencionados malentendidos para poner un poco de equidad en los análisis históricos.

Y digo equidad porque la historia de la filosofía, como todas las historias, está hecha por aquellos que detentan el poder y, por lo tanto, redactada a su medida.  Ello ha llevado a silenciar muchas voces o a denigrar otras.  Walter Benjamin nos recordaba que existe también una historia de los perdedores que todavía está por ser contada (¡cuánto sabemos de eso en un país en el que se ha manipulado tanto la historia democrática, intentando sumirla en el descrédito!); Michel Onfray se ha aplicado a redactar una Contrahistoria de la filosofía en la que intenta rescatar autores no considerados por las historias habituales; Sousa Santos, con sus sociologías de las ausencias y de las emergencias, se afana en recordar  aquellas voces a las que se ha negado la presencia; Silvia Federici, por su parte, rescata el papel que la lucha contra las mujeres tuvo en la consolidación del capitalismo.

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En los últimos tiempos, y de manera muy pertinente, se ha puesto especial énfasis en los silencios en los que se ha sumido el pensamiento desarrollado por mujeres y el producido fuera de las fronteras de la cultura dominante, es decir, Europa y sus proyecciones.  El feminismo y el pensamiento poscolonial están haciendo una interesante labor de recuperación y reivindicación en sus respectivos campos para intentar hacer un mínimo de justicia teórica.  Porque si creemos que hay una única voz correcta, relegamos al resto a la irrelevancia o, simplemente, las desconocemos.

Entre esas estrategias de silenciamiento, a mí me ha interesado especialmente una que atraviesa al conjunto de la historia de la filosofía, y es la que afecta al pensamiento materialista.  La tradición dominante, además de masculina y eurocéntrica, es, sin lugar a dudas, idealista y ha utilizado todos los medios, no solo filosóficos, para impedir la presencia del materialismo.  Que, por cierto, se halla presente en las escuelas antes mencionadas, cínicos y sofistas, así como en ciertas lecturas contemporáneas de Maquiavelo que, contra la tradición, lo entienden como un teórico de la democracia.  Protágoras, hablando de violencias, uno de los sofistas más prestigiosos, murió ahogado huyendo de Atenas, donde la aristocracia había protagonizado un golpe de Estado para acabar con la democracia, tan criticada,  pocos años más tarde, por Platón.  De este se dice, por cierto, que animó a quemar los libros del mayor materialista de la Antigüedad, Demócrito.  Otras estrategias son más sutiles, como, en el proceso de transmisión cultural que realizan los monasterios en las Edad Media, no copiar las obras que no tengan una orientación idealista, mucho más acorde con la visión religiosa del mundo propia de la época.

En todo caso, sería un error, de simplismo, considerar bueno todo lo materialista, feminista o poscolonial y desdeñar las aportaciones que el idealismo y la filosofía dominante en Europa han realizado a la historia del pensamiento.  Los autores, las autoras, las escuelas, tienen múltiples aristas, no son monolíticos, y, de ese modo, podemos encontrar elementos de interés en los lugares más insospechados.  La tradición dominante negó el intereses a esos no-lugares, la mujer, la periferia, el materialismo, a los que consideraba irrelevantes, o, quizá también, peligrosos.  Sería un error y una injusticia del mismo tenor realizar el ejercicio inverso y menospreciar el pensamiento dominante en su conjunto.  Como aconsejaba Nietzsche, se trata de vivir más allá del bien y del mal, es decir, no pasarse de dios (Europa, por ejemplo) al diablo (lo poscolonial, su contraparte), sino de multiplicar las voces para, con muchas de ellas, trenzar un discurso plural y abierto.  No se trata, en modo alguno, de sustituir un sectarismo por otro, una mirada estrecha por otra angosta. Eso será reproducir los mismos errores que cometió el adversario.

 

*Profesor de Filosofía de la Universidad de Zaragoza

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