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Fallo de código

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Dentro de unos días afrontamos una nueva jornada del 8M. Comienzan a llegar desde hace un par de semanas las informaciones relativas a la huelga, las manifestaciones y diversos actos para todo el día. Pienso en lo que ocurrió el año pasado y en varias mujeres de mi círculo que trabajan en la empresa privada a las que les hubiera gustado sumarse a la huelga pero no se atrevieron. ¿Por qué? Porque algunas venían de un largo tiempo de paro, o porque la maternidad había supuesto un parón en su carrera laboral y se habían reincorporado hace poco. Qué agridulce.

El otro día, en un viaje por trabajo a Madrid, me fijé en la cantidad de hombres que subían al AVE en Zaragoza. La media de edad era de unos 50 años. Hombres blancos de mediana edad, los mismos que a todos los niveles todavía dirigen el mundo y marcan las directrices. Esta anécdota del viaje en tren es un reflejo de lo que ocurre muchas veces en el día a día. Mujeres que parece que no existen en ciertos momentos y situaciones. Si ya hablamos de la franja de edad comprendida entre los 30 y los 40, momento clave de la maternidad para muchas de nosotras, estaremos de acuerdo en que muchas veces nos volvemos completamente invisibles.

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Las mujeres se vuelven invisibles, o molestas para el sector laboral durante los años que hacen parón por la maternidad, y después llegamos a los 40 y nos volvemos invisibles, dicen, para la sociedad. Vale, esto no es exactamente así, ni de coña. Y tengo una lucha diaria para que no sea así. Porque intentan que lo creamos, pero no es así. Y si el otro día os hablaba del hombre invisible hoy os voy a hablar de Susan “Sue” Storm, creada por Stan Lee y más conocida como La mujer invisible en el universo Marvel. Sue comienza como un personaje “que acompaña” al protagonista masculino, pero después adquiere poderes maravillosos y acaba fundando Los 4 Fantásticos. Aquí crece de manera exponencial, pasando de ser retratada casi como una damisela en apuros a tener una creciente confianza asertiva en sí misma. Es una figura clave para su marido, sus hijos y su hermano, pero sobre todo es una estupenda científica y una de las superheroínas más queridas. Su poder le confiere invisibilidad pero además evoluciona en el tiempo, dándole la habilidad de proyectar impenetrables campos de fuerza y de hacer invisibles objetos a través del control mental. Y aquí os pregunto, ¿quién no se ha sentido alguna vez como Sue Storm? Invisible, haciendo invisible todo lo que nos agrede, como mera táctica de supervivencia, y ejercitando continuamente ese gran poder de proyectar campos de fuerza. Porque si a algo hemos aprendido durante toda nuestra vida, es a resistir y a bloquear.

Yo al 8M le pido que no se quede en el grito de un día. Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana y autora de dos estupendos libros: Todos deberíamos ser feministas y Querida Ijeawele: cómo educar en el feminismo, lo tiene claro: “En lugar de enseñarle a tu hija a agradar, enséñale a ser sincera. Y amable. Y valiente. Anímala a decir lo que piensa, a decir lo que opina en realidad, a decir la verdad. […] Dile que, si algo la incomoda, se queje, grite”. Y creo que eso estamos haciendo, gritar. Gritamos (de contento) al contarle a una amiga que llevamos dos años sin poner una lavadora porque el otro miembro de la pareja ha asumido las labores del hogar, sin dramas, ante una gran proyección laboral; gritamos desde la pantalla, reivindicando mujeres construidas por mujeres, porque ya no nos basta que se hable de feminismo o se hable de mujeres, necesitamos, como decía una alumna de mi facultad, que haya asignaturas no solo de feminismo sino con feminismo. Necesitamos series como Muñeca Rusa, con personajes como Nadia, atrapada en el día de su muerte, con muchas capas que vamos descubriendo, porque representa un poco todas esas capas que todas contenemos como mujeres matrioskas; como Glow, sobre mujeres que solo quieren una oportunidad, o como Grace and Frankie, mujeres que ya se acercan a los 70 y todavía tienen mucho que decir. Y series como Big Little Lies, con mujeres que representan muy bien esa sororidad que tan bien conocemos. Necesitamos retratos de mujeres diversas, negras, blancas, jóvenes, mayores, infieles, vírgenes, heterosexuales y gays, mujeres transgénero, mujeres en bata que pasan de pintarse y mujeres de labios rojos. Necesitamos variedad de mujeres que nos representen y que nos ayuden desde un medio que tiene un gran alcance, a que nuestro grito resuene.

Me ha costado muchísimo llegar a ser la mujer que soy. La que se queja si algo le incomoda, la que está aprendiendo a no querer gustar a todos. Tengo todavía muchas capas que quitarme, muchas muñecas rusas dentro de mí. Leo lo que escribía hace 7 u 8 años y apenas me reconozco. Y creo que es algo bueno. Quizás esta debería ser la tónica general, mirar atrás y no reconocernos. A veces, cuando Cristián me dice que nuestra generación de alguna manera ya está perdida en temas de igualdad pienso que quizás estemos atrapados en un bucle como un fallo en el código, un bug que debemos reescribir y volver a lanzar hasta que se arregle. Dicen los programadores que es más difícil leer código que escribirlo, y quizás ahí reside el secreto: aprendamos a leer y ver para reescribir un programa sin fallos.

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