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Escuchar

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Se me antoja que escuchar es un gesto para el que los seres humanos no estamos especialmente capacitados.  A pesar de su sencillez, y de su necesidad, algo nos impele a arrebatar la palabra de la boca ajena, a imponer nuestra voz frente a la del otro.  Ello a pesar del carácter terapéutico de una escucha que, etimológicamente, procede del latín auscultare y que podría curar los males de una cultura del ego, la época de los egosaurios, tal como alguien la ha calificado.

Excepto en ciertos actos pautados -una conferencia, una clase- en los que existe un protocolo que exige la escucha de quien a ellos asiste, la comunicación cotidiana adquiere los tintes de una pugna por la palabra en la que, en muchas ocasiones, debes preguntarte si a tu interlocutor, obsesionado con su palabra, le interesa algo de lo que estás diciendo, dado el indisimulado monólogo al que asistimos.  La capacidad de escucha, me atrevería a decir, es una virtud muy poco extendida.

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La política institucional, de hecho, es un monólogo premeditado, en el que los argumentos del otro nunca son tenidos en cuenta a la hora de articular la propia posición política.   De hecho, quien haya asistido a debates en instituciones como ayuntamientos o parlamentos habrá podido observar, con sorpresa si no era conocedor del hecho, cómo las intervenciones de los partidos suelen producirse entre las conversaciones de los contrarios, nada interesados en los argumentos que puedan estarse vertiendo.  Ya se ocupará luego el jefe de filas de decirnos qué tenemos que votar, cuál va a ser nuestra voz, nuestra palabra, que intentará sobreponerse a la no escuchada palabra ajena.  Quizá este sea un mal ya irremediable de nuestras democracias formales, acostumbradas a cerradas lógicas partidarias.

Sin embargo, el problema debiera ser atajado cuando lo que se pretende, como sostenemos desde sectores sociales críticos, es producir nuevas formas de hacer política.  Tarea ardua si, como he venido argumentando, la escucha nos resulta tan desasosegante.  En alguna ocasión he defendido que nuestra tradición se ha forjado en la lucha por la palabra.  Que, silenciados desde nuestros orígenes plebeyos, como le ocurre al Tersites de la Iliada, al que Odiseo le impide hablar en la asamblea, conocedores de la centralidad política de la palabra, de la voz que es voto, hemos luchado denodadamente, a lo largo de la historia, por acceder a ella.  Todas nuestras luchas, desde la de Tersites hasta el voto femenino en nuestra II República, han sido por el derecho a hablar/votar.  Y quizá, de tanto querer hablar, hemos olvidado la contraparte, lo imperativo de la escucha.

En la lógica materialista que debiera acompañarnos, habríamos de ser conscientes de que no hay verdades absolutas, que su existencia es una de las grandes estrategias del idealismo para imponer su visión del mundo.  Que lo que existe es un mosaico múltiple de miradas que aportan su perspectiva sobre el mundo.  Y que si estamos empeñados, como decimos, en construir lo común, habremos de saber conjuntar una parte mayoritaria de esas miradas.  Para lo que no hay otro instrumento que la escucha.

De ahí que la reflexión sobre una cuestión individual con la que iniciaba el artículo, la escucha en una conversación, adquiera, en realidad, una enorme relevancia política, al convertirse en condición inexcusable de una política alternativa, crítica, materialista.  Nuestra realidad cotidiana concede, a mi modo de ver, innumerables y muy relevantes ejemplos de la importancia del diálogo político, cimentado en la escucha del otro y en la búsqueda de elementos compartidos con ese otro al que deberemos aceptar como diferente.  Los diálogos de sordos, tal como los califica nuestra cultura popular, están en la base de buena parte de los conflictos de nuestro presente.

 

 

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