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Emergencia climática, desidia política

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Quizá uno de los elementos menos señalados de las políticas de las elites neoliberales contemporáneas es su absoluto menosprecio por la salud y el futuro del planeta.  Si repasamos los acontecimientos que se vienen sucediendo en los últimos tiempos en Suramérica, podremos concluir, sin excesivo esfuerzo, la existencia de un elemento en común: la implementación de políticas sobreexplotadoras de los recursos naturales.  El golpe de estado de Bolsonaro en Brasil, con la aquiescencia de los poderes fácticos internacionales, el giro radical de las políticas en Ecuador de la mano de Lenin Moreno, los constantes intentos de desestabilización de Venezuela y Bolivia tienen como objetivo, el mapa de la región lo muestra con enorme claridad, modificar las políticas con respecto a la explotación de la Amazonia.

El neoliberalismo se está mostrando como la versión suicida del capitalismo.  Despreocupado por completo del futuro, atento en exclusiva al beneficio inmediato, no duda en dar pasos que pueden resultar irreversibles.  Su voracidad, instalada en la necesidad de beneficios a muy corto plazo, como consecuencia del rendimiento de cuentas ante colectivos accionariales anónimos que solo saben de la rentabilidad de sus inversiones, no conoce límites y lleva al planeta al desastre.

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Este juego perverso, conocido como «lógica del sistema», es alentado desde todo el espectro político sistémico, desde una extrema derecha cerril y obtusa hasta una socialdemocracia incapaz de estar a la altura de las circunstancias.  Lejos quedan los tiempos en los que se entendía, al menos desde posiciones tibiamente progresistas, que la política debía ser un instrumento para acercar a la ciudadanía a ciertas posiciones ideológicas, para generar conciencia social.  En la actualidad, los partidos se pliegan a sus estrategas en mercadotecnia electoral, expertos en conseguir que su producto político sea consumido por el mayor elenco posible de consumidores.  Hemos pasado de la política de convicción a la política de supermercado. Y en esta política, todo lo que suponga contradecir, siquiera mínimamente, el sentido común de la ciudadanía, moldeado convenientemente por las empresas de comunicación, parte de ese conglomerado empresarial que controla a los partidos políticos sistémicos, resulta extemporáneo.

Veamos dos ejemplos contrapuestos que ilustran muy claramente lo que venimos diciendo.  Estos días, arde Ecuador, aunque nuestros medios de desinformación de masas intenten silenciarlo.  El gobierno neoliberal de Lenin Moreno, empeñado en echar por tierra buena parte de los logros sociales de la época de Rafael Correa, ha desatado una ola de represión y muerte que ha provocado numerosas víctimas entre una población, especialmente indígena, que protesta, entre otras cosas, por el desarrollo de proyectos económicos que atentan contra el medio ambiente.  Los crímenes de Lenin Moreno, aliado del FMI y de las multinacionales interesadas en la explotación de recursos naturales, no han sido denunciados por la comunidad internacional e incluso el gobierno español, por boca de Pedro Sánchez, se ha apresurado a mostrar su apoyo al gobierno de Ecuador.  Postura completamente diferente a la mantenida en el caso de Venezuela, donde se llegó a reconocer, también por parte de Sánchez, a un presidente encargado, Guaidó, representante de los intereses de las multinacionales y con vínculos con el narcotráfico colombiano.  La diferencia de postura se explica, evidentemente, por la actitud de dichos gobiernos con respecto a la explotación de los recursos naturales.

Que urge desarrollar políticas que intenten frenar el desastre al que nos encaminamos, es una evidencia.  Que nuestros gobiernos, que los partidos sistémicos, en los que cabe incluir a una extrema derecha cada vez más envalentonada, no tienen ninguna intención de transitar por ese camino, también lo es.  Probablemente, una de las claves por las que Pedro Sánchez hubiera perdido el sueño en el caso de que UP hubiera estado en el gobierno hubiera sido porque se le hubiera obligado a implementar medidas decididas frente al cambio climático, lo que supondría enfrentar al PSOE con buena parte de su sustento empresarial y destino laboral, las eléctricas.

Arde Ecuador.  Cuando nos lo cuenten, nos lo venderán como la arcaica movilización de indígenas opuestos al progreso.  Por el contrario, en esas movilizaciones nos jugamos el futuro y la dignidad del planeta.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

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