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El voto aburrido

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Dentro de una semana volveremos a tener eso que los cursis denominan «la fiesta de la democracia».  Paradójica fiesta que nos tiene a quienes sabemos que la democracia no es eso, al menos no solo eso, profundamente aburridos.  Sus preparativos se nos presentan tan enormemente tediosos, por conocidos y vanos, que en esta ocasión apenas les estamos prestando atención.  Incluso los organizadores de la misma da la impresión de que lo hacen con desgana y que si no fuera por lo que se juegan, la convertirían en un mero trámite.

Probablemente quienes pensábamos que habíamos entrado en un nuevo ciclo político de cambio social tengamos más razones para el malestar y el cabreo.  Casi nada de lo que esperábamos de ese nuevo ciclo se ha cumplido.  Acaso pudiera mencionarse una sustancial excepción: la desaparición del bipartidismo.  A pesar de los intentos por parte de PP y PSOE y de sus entornos mediáticos, parece que la pluralidad partidaria difícilmente vaya a desaparecer.  Y eso que tanto molesta a PP y PSOE, al punto de que incluso pretenden burlar la democracia con leyes que permitan gobernar al más votado, es la única buena noticia de este periodo, pues evita el turnismo de esta segunda restauración monárquica.

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Nos encontramos ante una nueva cita electoral, y lo hacemos cabreados y cansados, con la tentación de, como gesto de repulsa, dejar de votar.  Gesto que, en cierto modo, supone pretender castigar al otro dándose una patada en el propio culo.  Porque si, en el caso de quienes optamos por Unidas Podemos y tenemos un alto grado de cabreo, optamos por la abstención, estamos facilitando, por un lado,  un desequilibrio de fuerzas en la izquierda, que puede dar más peso al PSOE en una hipotética negociación, y quizá esté abriendo la puerta a un posible pacto mayoritario de la derecha, con un partido de ultraderecha en liza.  Se me podría argumentar que en ese espectro político existe la opción del errejonismo, de Más País.  Pero si estamos hablando de cabreo por cómo ha funcionado Podemos, de manera vertical, con culto al líder, sin debate interno, movido exclusivamente por impulsos electorales, el errejonismo es lo mismo multiplicado a la enésima potencia.  No hay más que recordar el nacimiento de Más Madrid, cómo Errejón, tras haber sido elegido en unas primarias, crea su propio partido y se independiza de aquellos que le habían elegido.  No parecen unas credenciales demasiado éticas.  En Aragón, además, Más País no es otra cosa que CHA.  Opción legítima, sin duda, pero si lo que se busca es un encuentro entre actores de la izquierda, no parece que una candidatura encabezada por el que fue portavoz municipal de CHA en el ayuntamiento de Zaragoza, cuyos encuentros constantes con PP, Ciudadanos y el PSOE de Pérez Anadón asombraron y descolocaron a quienes habíamos confiado en una mayoría de izquierdas en el ayuntamiento, sea la más conveniente. Cuatro años de pactos con la derecha imprimen carácter.

En alguna ocasión he escrito que vivimos tiempos póstumos.  También que nuestras organizaciones, todas ellas, son zombis que deambulan al exclusivo son de la música electoral.  Sigo pensándolo y creyendo que es preciso repensar todo y renovar por completo la organización en el seno de la izquierda.  Pero mientras tanto, tenemos lo que tenemos y ante una cita electoral para la que no hemos sido capaces de generar otros instrumentos, hemos de trabajar con las herramientas a nuestra disposición.  A mí se me haría muy duro constatar que, por la baja participación, la extrema derecha se encarama como tercera fuerza política, por delante de Unidas Podemos.  Esa será una de las razones de mi voto.  La verdad es que no tengo muchas, pero sí lo suficientemente contundentes.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

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