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El regidor y el doble rasero

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El regidor es ese profesional de la televisión que entre otras cosas se encarga de provocar los aplausos del público de un programa de televisión. El regidor comienza a aplaudir ostensiblemente como señal para que los asistentes rompan en vítores o en abucheos. En la tele, casi todo es mentira y casi todo responde a un plan. Pero no sólo en la tele. Es como si en la opinión pública también existiera un regidor que indica cuando una cosa es merecedora de reacciones.

Cuando durante la fase más aguda de la pandemia las derechas elevaban el tono de sus ataques hasta el delirio y lanzaban acusaciones de «sepulturero» al Presidente del Gobierno, «asesino» al gobierno en conjunto y otros calificativos desmedidos ante un gobierno que rehusaba responder a los insultos, todo estaba bien. Cuando el gobierno, una vez pasado lo peor de la pandemia, comenzó a responder a los ataques, actuó el regidor. Comenzó el lamento de las plañideras de la opinión autorizada conjurando «la crispación» y señalando a los políticos (como norma general: cuando alguien generaliza con «los políticos» es que está haciendo trampas) y su «y tú más», incapaces de llegar a acuerdos y no sé qué y no sé cuantas. A este coro trágico se le unieron no pocos oportunistas con escaño en el Congreso que vieron la oportunidad de asomar la cabeza y destacar ante el votante.

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Que Pablo Iglesias le diga a Vox «creo que a ustedes les gustaría dar un golpe de estado, pero no se atreven» es malo. Bien se ocuparon la SER y El País de hacérnoslo ver como un padre severo que a gritos y correa en la mano reprende a un hijo díscolo, que en este caso somos nosotros. Sin embargo el regidor provocó el aplauso para Carmen Calvo cuando insinuó algo similar con aquel «en qué anda usted, señor Casado». Calvo bien, Iglesias mal.

Cuántos titulares habremos visto del estilo de «agredido por llevar una bandera de España». Decenas, sin duda. Noticias que despertaban la indignación del personal conservador y que enardecían a todos los tertulianos, presentadores y fetichistas de bandera. Al final de la mayoría de esos casos ni hubo pulsera, prenda, tirantes ni bandera alguna. Las fake news no aparecen sólo en webs de bulos, también lo hacen regularmente en una prensa «seria» que empieza a convertirse en una mezcla de tabloide británico y El Alcázar. Sin embargo que cuatro de esos abanderados irrumpieran en el domicilio de un ciudadano, arrancaran una bandera de la II República colocada allí por el propietario en honor a Julio Anguita y después propinaran una brutal paliza al hombre delante de su familia, bien. Todo esto no mereció ningún comentario más allá de dos medios locales y algunos ciudadanos cuya indignación no traspasó Twitter. Igual se podría decir del sindicalista de UGT agredido en una terraza por ultras. Silencio ante todo esto.

Hoy estamos viendo cómo Ciudadanos y el Partido Popular en el gobierno de Madrid se están cosiendo a puñaladas a cuenta del escándalo que ha supuesto tener conocimiento de las órdenes del PP respecto a los mayores de las residencias. Hay que imaginar la de tinta que estaría corriendo y las vestiduras que se estarían rasgando si tales cosas – crisis de gobierno y residencias– las estuvieran protagonizando el gobierno PSOE-Unidas Podemos. Pero no sólo eso. Las muertes en las residencias comenzaban a ser munición de artillería para las derechas cuando los cañones apuntaban al Gobierno. Ahora que la responsabilidad está recayendo sobre el PP, ya no se oyen tanto los cañones. El regidor está silbando y mirando a las avutardas mientras espera quizás a que la Guardia Civil fabrique algún escándalo contra el Gobierno para volver a enardecer al público.

 

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