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El Horror

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El horror anida en los comentarios del Heraldo. Desde que existe su web, el odio y la bilis que supura la parte más degradada de la sociedad tiene allí su espacio de confort, aquello ya era Vox antes de Vox. Aunque no sólo en ese diario. Cuando Facebook se popularizó el terror se trasplantó allí.

La muchedumbre que allí socializa tiene su día grande el día que se otorga el premio al que será el cartel oficial de las fiestas del Pilar. Ya viene de lejos. Un vistazo a los comentarios permite ver  algunas intervenciones que son atentados a la ONU y a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Dejando aparte aquellas opiniones que simplemente ejercían el legítimo derecho a expresar que a uno no le guste una obra -nada que objetar a ello- el grueso de detractores supuraban un indisimulado odio. El ya de por sí deleznable elemento nacionalista y xenófobo -siempre de la mano-tiene mucha más tela que cortar. Hay un hilo en todas esas intervenciones que viene a decir: como el autor no es de aquí -que lo es- no puede saber cómo sentimos los de aquí nuestras fiestas, no refleja lo que significan las fiestas del Pilar. Inmediatamente lo que me viene a la cabeza es que yo también soy de aquí y me temo que lo que significan para mí las fiestas no coincide en absolutamente nada con lo que significa para ellos. Es decir, que para ellos soy tan extranjero como el que dicen que es extranjero, hipótesis demostrada unos comentarios más abajo en los que expresan el odio profundo hacia los que no son adictos a su visión del mundo.

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La horda no quiere interpretaciones, versiones, novedades, experimentos, ensayos, nuevas visiones, adaptaciones a los tiempos, renovaciones, creaciones ni progresos. Le irrita la armonía, frescura, la juventud, el color, la vida, la alegría, lo actual, lo estético o lo moderno. Lo mejor de todo es que el cartel ganador que da origen a esta diatriba sí incluye elementos tradicionales como Virgen, Pilar, jotero y castañuelas. Pero no, ni diseño gráfico ni colores pastel, ellos quieren traje regional y ocres, oscuros, dorados de altar, rojos y gualdas.  Las legiones cuñadas adoran el feísmo tardofranquista, las imágenes barrocas y la contundencia de los mármoles. El abigarrado conjunto de rayos marianos, el acento bien fuerte y en la oreja; olor a incienso de Iglesia, a cura viejo. Exhibir el paletismo, reivindicar la boina, la identidad cateta. El ambiente de interior de basílica, la estética procesionaria. La genuflexión al paso del coronel, el obispo y el cacique. En su cartel quieren castañuelas y joteros con cachirulo delante del Pilar. Y la ofrenda. Carteles como Dios manda, como los que se hacían con Franco. Punto pelota. Para estos todo lo hecho a partir de los años 80 no les vale.

Ya el año pasado, entre faltas de ortografía y puntos suspensivos que sustituyen el espacio entre palabras (¿por qué?) surgían propuestas de que dicho concurso no lo decida un tribunal de expertos y profesionales, sino la votación popular. Convencidos de que son la mayoría, de que ellos encarnan la única y verdadera Zaragoza, las hordas elegirían así un cartel merecedor de la festividad, que al parecer merece mucho. No me cabe duda que tendríamos un resultado semejante a la votación que decidió que el puente de Hierro se pintara con los colores del Real Zaragoza, una de las catetadas más grandes que se recuerdan.

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