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El hambre desayuna miedo

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(Verso de Eduardo Galeano)

Adam: Estoy harto de los zombies. Y su miedo, de su propia puta imaginación.

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Eve: Querido, tienes razón. Mientras tanto sólo dime, ¿cómo es eso de no tener miedo? ¿Cómo puedes vivir por tanto tiempo y aún así no entender? Esta auto-obsesión, hace que desperdicies tu vida. Que podría ser ocupada en sobrevivir cosas, apreciar la naturaleza, cultivar bondades, amistades. Y bailar. Al menos has tenido suerte en el amor. Si me permites decírtelo.

(Solo los amantes sobreviven. Jim Jarmusch, 2013)

ESPANTO, TERROR, PÁNICO, MIEDO. Qué palabra tan pequeñaja para algo tan grande. MIEDO.

El miedo, ese compañero de nuestra vida desde que nacemos. Desde que de pequeños apenas asomamos una mano fuera de las sábanas y miramos los armarios en los que no imaginamos Narnias sino monstruos terroríficos o fantasmas. Desde que desafiamos a la oscuridad y a la soledad. Desde que hemos de aprender a gestionar la llegada de un hermano pequeño, un intruso que con sus risas nos arrebata la corona dorada.

El miedo nos acompaña toda nuestra vida, evolucionando en cada etapa conforme nos vamos desarrollando y creciendo. En la infancia descubrimos la oscuridad, la soledad y el saber que nuestros padres morirán algún día. La pérdida de la infancia para mí no es ese “los Reyes Magos son los padres”, sino la misma muerte de los padres, cuando la nuestra todavía no entra en nuestros cálculos. El monstruo de la infancia es una amenaza sin forma definida, un animal nocturno que enciende nuestros miedos, todo lo contrario a lo que nuestro hogar y nuestros padres nos ofrecen, cuidados, amor y luz.

De adolescentes tenemos miedo a no gustar lo suficiente, a gustar al que no nos gusta, a hablar demasiado, a no hablar, tenemos miedo a todo y a nada y las dos circunstancias pueden darse a la vez. No es ninguna incongruencia. Los miedos adquieren proporciones épicas y a la vez somos capaces de lanzarlos, por fin, al fondo del armario de la habitación, ese mismo que nos daba miedo. Pero ojo, se vuelve monstruo a su manera, el que nos dice que nos pongamos lo que nos pongamos nunca seremos suficiente. El monstruo de la adolescencia es un zombi que se dirige siempre hacia adelante, mimetizado entre el grupo y con un objetivo común, gregario y vulgar.

Pasan los años y llega el miedo al futuro, a equivocarte sobre qué decisión tomar, si estudiar o trabajar, sobre qué estudiar, sobre si deberías independizarte. Te preguntas si tienes vocación o lo que gana es la supervivencia. Asaltan las dudas y atenazan los miedos. Llegan más miedos, tener o no tener hijos. Llegan los horarios esclavos, la sensación de no tener tiempo y de estar vampirizado. El monstruo de esta etapa es un vampiro que chupa la sangre.

Y después llega el paso del tiempo, y llega el miedo al espejo, el miedo al probador, el miedo a la exposición y a las fotografías. Llega el miedo a la belleza, que nos recuerda que un día la perderemos del todo y que además tampoco podremos contemplar la ajena. Quizás por eso ya bien entrada la etapa adulta perdemos el miedo a los monstruos para volcarlo en cosas mucho más tangibles. Los monstruos entonces además de seres amenazantes se vuelven seres inadaptados a los que es posible mirar con ternura. Para entender esto hay que haber pasado por todo el proceso. Por eso también, ya de adultos, los que tuvimos una educación religiosa a la fuerza hemos visto como Dios podía erigirse en monstruo y los monstruos ser venerados como dioses, invirtiendo sus papeles.

Vivimos en una época de monstruos y miedos amplificados. Mis miedos actuales tienen que ver sobre la crispación con la que vivimos, con lo poco que escuchamos y con lo poco que respetamos al otro, con la desconfianza y la competencia en la que todos parecemos movernos muchas veces. Con la escasa capacidad de diálogo. Con el miedo de los demás y con todo tipo de totalitarismo. El miedo nos hace vivir en un estado de sumisión que logra controlarnos. En el pasado el temor a la autoridad no solo encontraba su origen ontológico en la autoridad misma, sino en el miedo al caos que implicaba su ausencia. Hoy lo hemos sustituido por el miedo y la negación del otro. Y temo que de verdad hayamos perdido el espíritu de comunidad para asociarnos o el de tener una voz propia, sin miedo a no repetir discursos impuestos solo para defender lo que entendemos como nuestro, que nos unamos no por tendencia natural sino por el terror que provoca la pérdida de lo propio. Una lucha en la que el miedo vence a la vanidad.

En Solo los amantes sobreviven, Eve y Adam, los vampiros, intentan siempre cubrir sus blancas y delicadas manos con guantes de piel. El director no lo aclara, pero este gesto parece remontarse a la época de la caza mayor inglesa en la India: los viejos cazadores solían llevar guantes blancos para demostrar que a pesar de su instinto y necesidad de matar a la presa, continuaban siendo dignos hijos del Imperio británico, que a su vez, se declaraba cumbre de la intelectualidad. Y así nos imagino yo, como un monstruo que lidia con lo refinado y los instintos.

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