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El feminismo como antídoto

El feminismo, en muchas de sus formas, apuesta por políticas de cuidados que llaman a multiplicar los lazos solidarios frente al individualismo, la soledad y el miedo que ha generado el neoliberalismo

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El ascenso de la ultraderecha en Europa, en Suramérica y, ahora, en España, no es algo que deba ser tomado a la ligera.  Síntoma de la profunda frustración que la crisis neoliberal ha instalado en amplias capas de la sociedad, que cada vez se sienten más desprotegidas y vulnerables ante un incierto futuro, se convierte en una respuesta no elaborada, cargada de tópicos y lugares comunes que, por ello, llega con una mayor eficacia a sus destinatarios. Los mismos que abogan por la expulsión de los emigrantes, que, dicen, quitan el trabajo a los españoles, animarán a muerte en la próxima jornada a su equipo deportivo, en el que el porcentaje de extranjeros superará, ampliamente, al de españoles.

En esta situación, y por motivos varios, se me antoja que el feminismo debe desempeñar un papel de eficaz antídoto frente al veneno fascista.  En primer lugar, porque el feminismo es, en estos momentos, y sin lugar a dudas, el movimiento social con más potencialidades, capaz de promover, si adquiere conciencia de su papel histórico, un amplio proceso social aglutinante de gentes procedentes de sectores diversos.  En segundo, porque, en su política del resentimiento y la rabia, la extrema derecha arremete contra las conquistas más elementales del movimiento feminista y, en un momento en el que el terrorismo machista se manifiesta como una de las violencias más terribles que asolan nuestras sociedades, con unas cifras de víctimas que ni el terrorismo en sus momentos de mayor beligerancia logró alcanzar, llega a poner en cuestión las leyes que intentan, infructuosamente, defender a las mujeres.  No hay duda de que la sensibilidad social en ese campo ha aumentado muy considerablemente, hasta el punto de que se ha generado, quiero creer, una especie de sentido común social vigilante que abomina de las situaciones de discriminación y, especialmente, de maltrato.  Pero es que además el feminismo, en muchas de sus formas, apuesta por políticas de cuidados que llaman a multiplicar los lazos solidarios frente al individualismo, la soledad y el miedo que ha generado el neoliberalismo.

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Desde la convicción de que el feminismo es el movimiento mejor situado para ejercer este papel de antídoto, quisiera hacer una serie de consideraciones.  A pesar de las potencialidades del movimiento, que se mostraron de modo aplastante y maravilloso en la histórica jornada del pasado 8-M, el feminismo no ha sido capaz de adoptar, hasta el momento, ese papel activo que la movilización parecía apuntar.  Casi un año después, se echa en falta una mucho mayor presencia en forma de respuesta a las agresiones que esta sociedad continúa sufriendo.  Algunos hemos esperado en vano durante estos meses el surgimiento de <algo> que supusiera la cristalización política de esa jornada del 8-M.  Y cuando digo un <algo> es porque no sé qué debiera ser, aunque sé lo que no debiera ser, a saber, un nuevo partido político.  Acaso una plataforma con voluntad de sintonización de los diferentes movimientos sociales. Para cumplir ese papel, me parece de una tremenda importancia una cuestión, quizá cargada de reflexión filosófica, pero no por ello menos importante para la intervención práctica.  Se trata de que el feminismo no puede convertirse en la inversión de los valores del patriarcado.  En el siglo XIX, algunas formas ingenuas de ateísmo, representadas por poetas como Baudelaire, se empeñaron, para enfrentarse a la religión y a su(s) dios(es), en reivindicar al diablo; frente al Bien, el Mal.  Con lo cual, en su ingenuidad, seguían presos de esos valores que querían destronar, pues su mirada seguía puesta en los valores tradicionales para promover los contrarios.  Hasta que Marx y Nietzsche, fundadores modernos del ateísmo materialista, nos dijeron que la única opción residía en colocarse <más allá del Bien y del Mal>, es decir, generar nuevos valores, en ruptura con aquellos que habían sido dominantes.

Creo que el feminismo debería ser consciente de ello y advertir que, para acabar con los valores del patriarcado, no se trata de generar otros valores en relación especular con ellos y que, por tanto, generen una nueva mayoría opresora y una minoría oprimida (utilizo los conceptos de mayoría y minoría de modo cualitativo, no cuantitativo), por mucho que esa anterior minoría tenga motivos para sacudirse con rabia el yugo que la atenaza, pues su tarea no es cambiar el yugo de lugar, sino romperlo.  Pongo un ejemplo, en el ámbito del lenguaje.  No se trata de abandonar el masculino genérico para convertir en genérico el femenino (aunque como estrategia de denuncia me parece interesante), pues de ese modo no se consigue más que generar un nuevo código cerrado con mayorías dominante y minorías dominadas, sino de buscar estrategias para generar un lenguaje lo más inclusivo posible.

En fin, y por no extenderme demasiado, aunque el tema lo merece, entiendo que el feminismo debería adquirir conciencia de su responsabilidad en estos momentos cruciales, de sus potencialidades para convertirse en instrumento aglutinador de una contestación social amplia frente al fascismo, y que para ello le hace falta mucha inteligencia, sensibilidad y vocación de construcción de un común que a muchas y muchos cobije. Ojalá sea capaz de llevar adelante esa tarea, muchos (y lo dejo conscientemente en masculino) lo esperamos con esperanza.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

3 Comentarios

  1. Juanma, no creo que el movimiento feminista tenga que asumir la responsabilidad de de acabar con la extrema derecha ni con el neoliberalismo, sino que ha propuesto y llevado a cabo una forma de actuar, construir, movilizar, de articular necesidades con reivindicación de derechos y con una crítica global del sistema genocida, racista, machista… en el que vivimos, que está promoviendo un modelo de alianzas transversales con un objetivo transformador, de cambio de sistema. Que ha abierto un camino que ha de ser profundizado entre todos y todas, que para ello hay que darle al feminismo la autoridad que conlleva haber abierto esa alternativa de modo tan rotundo y masivo, como movimiento, para seguir construyendo entre todos, no esperar, sino dejarse interpelar y arrimar el hombro, con el movimiento feminista como referencia, sí, pero la tarea es común.

  2. Pues sí, me parece importante el apunte de Esther y solo apuntaría dos preocupaciones complementarias:
    La primera que cuidemos (todas y todos) los riesgos de una actividad tipo «juego de la oca» es decir: de Huelga 8M a Huelga 8M, tiramos porque nos toca!… y alguna que otra respuesta puntual -y necesaria pero insuficiente- en jornadas señaladas (contra violencia de género etc.) Entiendo que solo el fortalecer los enclaves organizativos feministas autónomos y los insertos en otras organizaciones (sindicatos, partidos, asociaciones memorialistas, ecologistas, etc.) abrirá perspectivas a una actividad continuada, en profundidad y extensión.
    La segunda, que superemos cualquier hipnosis de coyuntura (bravo el movimiento feminista, si…pero no solo porque existen otros en alza (Pensionistas) y sobre todo ¡demasiados movimientos en impasse y que sin embargo jugaron un rol importante en el pasado inmediato (mareas de sanidad, plataformas de defensa de la enseñanza pública…). En definitiva, busquemos ser útiles en globalizar las contestaciones y fraternos en coordinarlas ¿no es así, Juan Manuel?

  3. De acuerdo con los dos comentarios. No se trata de que el feminismo asuma en exclusiva la tarea, no creo que se deduzca eso del texto. Pero sí que pienso que el que, a mi parecer, es el movimiento más potente en la actualidad es, por ello, el mejor colocado para catalizar la movilización.

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