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El auge del golpismo

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 De un tiempo a esta parte, no ganamos para sustos, la inquietud se torna omnipresente como consecuencia de los numerosos casos en que sectores reaccionarios, en todo el planeta, amenazan la democracia a través de diferentes procedimientos.  Europa está viendo, con preocupación, el crecimiento de una extrema derecha que, amparada en su enorme cinismo y en una extendida frustración social, avanza electoralmente y no se recata en mostrar su antidemocrático ideario.  Un ideario que pasa, en última instancia, por el silenciamiento de todos aquellos que no piensen como ellos.  España tiene experiencia histórica para saber cuáles son los métodos al efecto.  Por otro lado, Suramérica está viviendo una ola de golpes y violencia como hacía tiempo no se recordaba y que hace recordar los peores momentos de ese subcontinente.  Venezuela ha sido, desde el año 2000, nada menos, víctima de sucesivos golpes de Estado fallidos, Brasil ha vivido el golpe institucional de Bolsonaro, Chile, la enorme violencia de un gobierno de tintes pinochetistas (bueno, ya sabemos, gracias a Felipe González, que Pinochet no era tan mal tipo).  Y ahora le toca el turno a Bolivia.

Entretenidos como estábamos con nuestras elecciones, nos vimos sorprendidos por la presunta renuncia de Evo Morales al poder tras una primera vuelta electoral en la que nadie puso en duda su victoria.  En el plazo de pocas horas, Morales desaparecía de la escena y se abría una situación de enorme incertidumbre y, para muchos, de perplejidad, pues no parecía muy lógico que alguien que había ganado las elecciones con holgura (insisto, eso no lo ha cuestionado nadie), aunque quizá sin el margen suficiente para evitar una segunda vuelta, decidiera, motu proprio, abandonar el poder.  Luego hemos sido conscientes de que, en realidad, ante lo que estábamos era ante un golpe de Estado.

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Una de las claves del golpe, pues de golpe hay que hablar cuando alguien se autoproclama presidente sin el quorum pertinente de una cámara a la que no se deja acceder a los diputados o cuando el ejército insta al anterior presidente a abandonar el poder, se desprende rápidamente de la foto del nuevo gobierno: el color de la piel de sus integrantes.  Evo Morales había desarrollado un proceso social de empoderamiento de los pueblos indígenas con la pretensión de construir una sociedad integradora de las diferentes realidades raciales del país, proceso que les había llevado a hacerse cargo de responsabilidades que históricamente les habían estado vedadas.  La foto del nuevo gobierno es la muestra de un retroceso histórico que, esperemos, no llegue a consolidarse.

Otra de las claves, tremendamente preocupante, es el papel del integrismo religioso cristiano de raíz evangélica.  Desde épocas tan lejanas como la revolución sandinista, Estados Unidos comenzó una política de infiltración de sectas evangélicas en Suramérica, con la intención de mermar la notable influencia que la Teología de la Liberación tenía en los movimientos populares y revolucionarios.  Bolsonaro, en Brasil, se ha servido del evangelismo como punta de lanza de su proyecto reaccionario.  Ahora en Bolivia, la nueva presidenta utiliza una retórica cristiana integrista como base ideológica de un proyecto racista y antidemocrático.

Una tercera clave la encontramos, como no, en los recursos naturales de Bolivia, en concreto en el litio, pieza clave para la economía del futuro.  Trump ha retornado, sin ningún recato, a una política de abierto intervencionismo en su patio trasero, en busca de control político y, también, de beneficio económico.  En Venezuela, además, del petróleo, interesa el coltán, en Bolivia, el litio, como en su tiempo, en Chile, fue el cobre el encargado de proporcionar un motivo económico al golpe contra Allende.

Mal  pintan las cosas.  No solo porque estemos asistiendo a una oleada represiva de enormes dimensiones en Suramérica, no solo porque el nuevo gobierno de Bolivia haya eximido de responsabilidad penal a las fuerzas de seguridad (es la versión boliviana del «a por ellos» de los fascistas españoles), sino porque todo sucede ante la falta de reacción, o incluso la complicidad, como el caso de una fatídica Organización de Estados Americanos, de las entidades internacionales.  Y el terrible silencio de unos medios de comunicación que, marionetas de los poderes económicos, callan ante las agresiones contra la democracia.  Haríamos bien en sentirnos muy preocupados.  Y en comenzar a reaccionar.

 

 

*Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza

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