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¿Dónde está la izquierda?

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Si algo me sorprende es la vocación de soledad con la que el Gobierno acude, diariamente, a la gestión de una situación extraordinariamente difícil que le depara la constante animadversión de una derecha que, una vez más, desgrana los puntos del manual del golpismo.  Soledad sonora, soledad inmensa, la de un Gobierno que sufre el acoso brutal de los poderes fácticos del país, quienes utilizan todos los medios a su alcance, desde sus empresas de manipulación informativa hasta una parte de los aparatos del Estado, para intentar desestabilizarle.  En una situación como la actual, parece que sería aconsejable que el Gobierno, las organizaciones que lo componen, buscaran contrarrestar con apoyo ciudadano la presión de los sectores más reaccionarios de la sociedad, incapaces de aceptar las reglas del juego democrático.  Por ello, sorprende que esa soledad parezca vocacional, al menos en la medida en que no se observan esfuerzos para revertir la situación.

Desde el principio del gobierno de coalición resultaba evidente que el envite iba a resultar de una enorme dureza.  Eso sin haber contemplado la posibilidad de una pandemia como la actual, que ha obligado a este Gobierno, como a todos, a actuar sobre la marcha en un contexto tremendamente exigente, complejo e incierto.  Por ello, desde esos momentos iniciales comenzaron a alzarse voces para reclamar la constitución de plataformas e iniciativas que pudieran servir para aportar sustento crítico al gobierno.  Si eso fue así en aquel momento, qué decir ahora cuando la derecha, que ya calificaba de ilegítimo al Gobierno antes de la pandemia y reclamaba la intervención del ejército, ha aprovechado la situación de crisis sanitaria para lanzarse con saña contra el gobierno.

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¿Dónde está la izquierda? ¿Dónde están nuestras organizaciones?, nos preguntamos con desasosiego quienes vemos, con impotencia, cómo, día tras otro, el Gobierno es zarandeado sin piedad.  Es de comprender que quienes están a la tarea de gobierno no puedan emplearse en labores organizativas, pero es responsabilidad de las organizaciones que apoyan al gobierno darle sustento también en la calle.  Que nadie piense que estoy llamando a responder a las provocaciones fascistas que estos días vivimos, nada más lejos de mi intención.  Creo que precisamente hay que evitarlas y generar una agenda propia.

Quizá el problema se halle, precisamente, en esas organizaciones que sustentan al gobierno. Porque el gobierno se sustenta en una ficción, en un fantasma, llamado Unidas Podemos, carente de toda entidad, de toda práctica, de toda realidad.  Podemos e IU no fueron capaces de ir más allá de una marca electoral y ahora se constata la debilidad de esa apuesta.  En algunos territorios, como Aragón, nos encontramos con la paradoja de tener a una parte de Unidas Podemos en el Gobierno de la comunidad y a otra en la oposición.  Me ahorro el comentario.  Podríamos, entonces, apelar a los constituyentes de Unidas Podemos, IU y Podemos.  Pero aquí nos encontramos otros problemas.  Podemos, por un lado, ha perdido hace tiempo ese impulso participativo con el que nació y no parece poseer músculo organizativo.  Por su parte, IU, aunque con una mayor implantación territorial, con una cultura de participación más asentada, manifiesta la debilidad que le ha caracterizado en los últimos tiempos.

La coyuntura, desde luego, no es sencilla.  Pero, sin duda, la apuesta por organizar ente la defensa de políticas de izquierda es imprescindible.  Sin una potente organización social que respalde la acción de gobierno, que incluso la impulse, la debilidad del mismo se irá acentuando día a día, para regocijo de quienes quieren provocar, a toda costa, su caída.  La crisis del covid-19 está poniendo en valor lo público, facilita la tarea de quienes entendemos que es preciso abordar la época post-pandemia con otras políticas que pongan en el centro una economía del común.  Pero las oportunidades están para cogerlas, no para regocijarse de ellas y dejarlas pasar.  Podemos e IU, también el PSOE, debieran hacer un esfuerzo ímprobo por articular esos procesos sociales, por impulsarlos.  Creo que somos muchos, muchas, quienes además de aplaudir y de soportar estoicamente las minoritarias caceroladas de cada noche, deseamos un mayor protagonismo en la defensa de un gobierno que puede que sea una de nuestras últimas oportunidades para evitar la deriva reaccionaria de nuestro país.  ¿A qué estamos esperando?

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