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Despensar

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De un tiempo a esta parte, me provoca una gran sorpresa la certeza, cada vez más afianzada, de que buena parte del camino para transformar nuestra realidad pasa por despensar lugares comunes que damos por sentados y que, sin embargo, no son sino modos de consolidar una muy concreta visión del mundo.  Es decir que, lejos de seguir profundizando en eso que llamamos conocimiento, más bien se trata de pararse a reflexionar para delimitar cuestiones que es preciso problematizar abiertamente para construir una mirada totalmente otra sobre la realidad.  El juego ideológico que el idealismo viene construyendo desde los albores del pensamiento occidental ha conformado de manera férrea ciertos modos de pensar que, convertidos en sentido común, rigen los parámetros discursivos que se consideran normales.

Provoca estupor y un cierto vértigo la intuición de que la escuela, en ese sentido, se convierte, a pesar del bienintencionado esfuerzo docente, en una constante reproducción de gestos que, lejos de construir esa ciudadanía crítica de la que se habla, asientan el modo dominante de considerar la realidad.  Que cuando ya se ha pasado el medio siglo de vida, como es mi caso, surja la pregunta de cómo es posible que tantas y tantas cuestiones hayan pasado inadvertidas en el proceso formativo, señala la necesidad de, en este caso, repensar de raíz la educación.  Claro que esto es un empeño que tendría sentido si los gobiernos y estados pretendieran construir ciudadanía crítica, formada y responsable, lo que, evidentemente, no es el caso.

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Pondré algún ejemplo de las cuestiones a las que me refiero. Bien sea por influjo del idealismo de raíz platónica, bien por la innegable y secular influencia de religiones monoteístas fuertemente dogmáticas, bien de ambas cuestiones, pues son esencialmente compatibles, nuestra cultura se ha construido sobre la idea de una Verdad única, incuestionable, que debe ser compartida por todo el mundo y ante la que solo se levanta el error.    Dado que solo existe una Verdad, quien no la comparte, quien la cuestiona, se muestra en el error o en la rebeldía, fruto de la ignorancia, de un método incorrecto de razonar o, incluso, de alguna tara psicológica constitutiva.  Esa concepción de la Verdad, lo sabemos bien, nos ha llevado a la construcción de sociedades dogmatizadas y sectarias que a lo más que han llegado ha sido a la teorización de una tolerancia que no es sino el efecto de una cierta condescendencia: sabemos que estás equivocado, pero consentimos que permanezcas en tu error.  Frente a esa visión cerrada e idiota, por particular, del mundo, hay una tradición que se ha empeñado en señalar que cada sujeto posee sus verdades propias, fruto de su propia y singular experiencia vital.  Lejos de conformarse con esta visión parcializada del mundo, esta tradición, en su versión más política, ha entendido que es preciso un esfuerzo de puesta en común de las diferentes miradas para construir realidades (códigos legales, constructos morales, etc.) compartidas.  Las sociedades han de ser fruto de un esfuerzo de construcción común.

Qué decir, por poner otro ejemplo, de nuestra consideración de la democracia. La hacemos hija de la democracia ateniense y de la Revolución Francesa.  Sin embargo, nada más lejos de la realidad.  Los atenienses, directamente, dirían que las nuestras no son sociedades democráticas, pues utilizan un procedimiento aristocrático para la gestión de la política, el voto, cuando para ellos era el sorteo la única garantía de una sociedad realmente democrática.  Por su lado, la Revolución Francesa, en muchos de sus teóricos, consideró que el pueblo de ningún modo debía acceder al poder político,  pues el resultado de ello sería el caos.  ¿Cómo es posible que vinculemos nuestra democracia con procesos históricos con los que no comparte, en apariencia, apenas nada? A no ser que consideremos, cosa bastante probable, que nuestra sociedades son aristocracias encubiertas que, efectivamente, se las han ingeniado, muy sutilmente, para evitar que el demos tenga algo de kratos.

Para terminar, recuerdo la cara de estupor de una alumna del grado de Filosofía, licenciada en Economía, cuando le explicaba, a contrapelo también de lo que nos cuentan, cómo la economía de la propiedad común había desempeñado un papel crucial en la Europa moderna y que uno de los empeños centrales del capitalismo liberal fue acabar con ella.  Nunca, claro está, le habían explicado tal cosa.

Porque la propiedad privada es la forma natural de propiedad, porque la democracia es elegir a nuestros representantes.  Porque la Verdad es solo una.  Ardua tarea la que tenemos por delante.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza.

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