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Desolación

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Los estados de ánimo personales afectan, sin ninguna duda, a nuestra mirada sobre la realidad.  Por eso quizá el título de mi artículo tenga un punto hiperbólico que no se ajuste a lo que estamos viviendo.  Aunque, desgraciadamente, intuyo que no es así, que realmente vivimos tiempos que apuntan al desánimo y la desolación y en los que, más que asaltar los cielos, hemos de pugnar por no descender a los infiernos.

Creo que no exagero si digo que vivimos momentos cruciales para el futuro de la humanidad, que los límites ecológicos del planeta lanzan señales tremendamente alarmantes que exigirían un compromiso colectivo para revertir la situación.  Esta coyuntura ha ido a coincidir con un momento en el que el liderazgo mundial se halla en manos de sujetos, los Trump, Putin o Johnson, cuyos perfiles, lejos de resultar tranquilizadores, encajan en la imagen de maquinistas enloquecidos que alimentan incesante e irresponsablemente una locomotora enfilada hacia el vacío.  Si algo caracteriza al capitalismo neoliberal (en el que incluyo, claro, aclaro, a Putin, por si alguien, en su despiste, piensa que es algo diferente a otro esbirro del capital) es su absoluto desprecio por el futuro, su presentismo, atento en exclusiva al beneficio inmediato.  De ahí que produzca liderazgos irresponsables, suicidas, decididos a sacrificarlo todo por un rédito a corto plazo, ya sea económico o electoral.  Su lema, que se ajusta perfectamente a su nivel moral e intelectual, bien pudiera ser: para lo que me queda en el convento, me cago dentro.

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Las imágenes de la Amazonia ardiendo por sus cuatro costados bajo la sospecha de la complicidad de las grandes empresas madereras y agrícolas y del apoyo del gobierno brasileño son un anuncio apocalíptico del futuro del planeta.  Porque si en algún lugar puede decidirse ese futuro es en aquel que constituye el pulmón del planeta y que el ansia capitalista de beneficio ha convertido en uno de sus objetivos de rapiña.  Parece que los motivos del golpe de Estado que llevó al poder a Bolsonaro, con el apoyo de los poderes fácticos internacionales, resultan cada vez más evidentes.  ¿Es posible imaginar un mayor grado de irresponsabilidad, de ausencia de empatía con las nuevas generaciones, que el que observamos en Brasil?

El terrible espectáculo de un Mediterráneo convertido en húmeda cárcel o profunda sepultura de aquellos que intentan huir de países desestabilizados por el afán de rapiña, nuevamente, de las empresas multinacionales, convertidas en verdadero motor de la historia contemporánea, nos llega cotidianamente a nuestros televisores.  Imágenes sarcásticas en las que el último plano de la desolación humana es ocupado por veraneantes plácidamente acomodados en sus tumbonas de playa, espectadores privilegiados de la catástrofe humana de la inmigración desesperada.   Dos mundos cara a cara que se miran con estupor, curiosidad de un lado, desesperación del otro.

Y mientras todo esto ocurre, mientras el verano se empeña en darnos signos de la urgencia de la situación –con el último apunte del cierre del Parlamento en Gran Bretaña, noticia que, pese a su gravedad, solo aparece en nuestros telediarios tras las notas de sociedad concernientes a la Casa Real-, la izquierda española se muestra incapaz de promover un encuentro que permita dibujar una pequeña sonrisa en nuestros rostros.  Expresión evidente de su incapacidad para leer los tiempos, para advertir la necesidad de una alternativa política y ética a lo que en estos momentos ofrece nuestro entorno.  Pedro Sánchez, con sus momentos de audacia, pareció ser, por fin, un líder que cambiara el signo de un PSOE absolutamente mimetizado con el entorno neoliberal.  Pero, a lo que parece, le tiemblan las piernas y busca, desesperadamente, el respaldo de los de siempre.  Sin embargo, los de siempre son quienes nos han introducido en este camino que, según algunos, dentro de poco, ya no tendrá retorno.

En fin, siento comenzar septiembre tan negativo, pero es que hasta los amigos se empeñan en ponernos las cosas difíciles.  Por si acaso, yo les recomendaría que, con los cabreados que estamos, no nos hagan volver a votar.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza  

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