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De virus y banderas

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Durante demasiado tiempo hemos asistido en este país a un desgraciado espectáculo en el que las banderas volaban sobre las cabezas de la ciudadanía, en el que patriotas de uno y otro lugar se empeñaban en imponer su estrecha y particular mirada como si la de todo un colectivo fuera.  Las extremas circunstancias que estamos viviendo en la actualidad, con la crisis del corona virus acaparando toda nuestra atención, ha provocado que el conflicto nacional haya pasado a un segundo plano y que sus actores principales hayan renunciado a hacer del mismo el eje de su discurso.  Aunque, de vez en cuando, no puedan evitar lanzar algún aguijonazo y utilicen las mascarillas o las competencias territoriales como arma arrojadiza.  Es evidente que es complicado dejar de lado las miserias políticas.

Pero, paradójicamente, la crisis del corona virus no es ajena, en absoluto, a esta trifulca de patriotas de medio pelo que hemos tenido (y tenemos) que soportar.  A pesar de esos discursos tontorrones que ciertos políticos se creen obligados a utilizar cuando se ponen solemnes, sobre todo si son monarcas, y que nos dicen que esta crisis nada tiene que ver con ideologías, territorios o clases sociales, más bien la realidad es la contraria, que la crisis nos proporciona importantes enseñanzas en esos tres niveles.

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La crisis tiene que ver, y mucho, con ideologías, algo en lo que los nacionalismos ibéricos, el español y buena parte del catalán, se dan la mano.  El corona virus está poniendo a prueba nuestro sistema sanitario.  Un sistema que ha sido golpeado por la gestión de la crisis económica que las derechas, nacionales y periféricas, han hecho de la misma y que se ha sustanciado en apoyar lo privado en perjuicio de lo público. Neoliberalismo en estado puro. No cabe duda de que los ataques a la sanidad pública catalana por parte de la Generalitat de los tiempos de CiU y a la madrileña por los diferentes gobiernos del PP, dirigidos en su mayoría por verdaderos saqueadores de lo público, ahora en prisión, responden al mismo aire de familia neoliberal que hermana a ambas formaciones.  La derecha, las derechas, en España, Cataluña incluida, en Europa, han colocado el beneficio privado por delante de la salud ciudadana y se han esforzado en debilitar la sanidad pública allí donde han podido.  Separados por banderas que los enfrentan, comparten, sin embargo un modelo social del que la primera víctima es ese pueblo al que dicen amar.  Patriotas de boquilla, su única patria es el beneficio económico, caiga quien caiga.  En el ondear de banderas intentan ahogar que la patria es la que se construye mediante la protección de la ciudadanía a partir de unos servicios públicos que garanticen el bienestar general.  La derecha y la extrema derecha son doblemente irresponsables.  Por un lado, porque con sus políticas han contribuido a debilitar nuestros sistemas de salud, tan necesarios, como vemos, para la supervivencia social.  Por otro, lo vemos en los países donde gobiernan, como Gran Bretaña, Francia, Alemania, porque su respuesta a la crisis está siendo débil y tardía, más preocupados de la salud financiera que de la ciudadana.  Mientras con un cinismo insuperable PP, Ciudadanos y Vox cargan contra el gobierno por la insuficiencia y tardanza de sus medidas, sus homólogos europeos aún siguen decidiendo si son churras o merinas.

La crisis nos da una enorme lección sobre los territorios que pone en cuestión, precisamente, la euforia nacional de los patriotas de todo signo: los virus no conocen fronteras y las respuestas deben desbordar, sin ninguna duda, el ámbito nacional.  En tiempos de globalización, las fronteras se hacen tremendamente permeables e intentar encapsular una crisis, ya sea financiera o sanitaria, en el marco de un país o región, es una pretensión quimérica.  El espectáculo de desorganización que ha proporcionado la UE es una expresión más del carácter desgraciadamente fallido de su proyecto, lo que debiera llevarnos no a un imposible repliegue nacional, sino a la construcción de un verdadero proyecto colectivo que debe tener vocación cosmopolita.  No se trata de cuestionar la globalización, ya, entiendo, incuestionable, sino de gestionarla desde una óptica alejada del neoliberalismo, desde la óptica del común, de los intereses de una humanidad que, ahora más que nunca, es una.

La crisis tiene también, evidentemente, un sesgo de clase, pues afecta más, de diferentes maneras, a sectores sociales específicos.  No cabe duda de que quien ostenta una posición social y económica más acomodada puede hacer frente a la crisis en su dimensión económica de una manera más solvente.  Pero es que la gente trabajadora que sigue prestando sus servicios cara al público (¡qué decir de las cajeras de supermercado, por poner un ejemplo evidente!) se halla más expuesta al contagio que quienes podemos recurrir al teletrabajo y, como es mi caso, dar mis clases desde la mayor seguridad de mi despacho en casa.  No nos llamemos a engaño, en España existen lugares, por su pobreza, por sus condiciones materiales y sociales, mucho más expuestas al contagio que otras.  Es decir, el virus también tiene un sesgo de clase.

En fin, que no nos vengan con banderas, que no nos pongan sus himnos cuando a las ocho de la tarde salimos a aplaudir a nuestros trabajadores, a nuestras trabajadoras: de la salud, de la alimentación, del transporte.  Las políticas neoliberales en las que se hermanan buena parte de los nacionalistas, a pesar de sus diferentes banderas, de sus odios cruzados, van a condicionar muy negativamente el desarrollo de esta crisis.  Ojalá tomemos nota.

2 Comentarios

  1. Juan. Te propongo escuchar -mañana a poder ser, pues es el Día de la Poesía- Aunque todos los días deberíamos sumergirnos en la poesía… el programa de radio que hice haya ya muchos meses.
    Se titula: «La poesía de los árboles» y Maríamonamour (la chesa que me reenvía tus artículos… que vive en el cierzoso y analógico valle cheso) lee algunos poemas.
    https://www.ivoox.com/musica-septentrional-prog-428-la-poesia-los-audios-mp3_rf_35868582_1.html
    Feliz día de la poesía… que ni tan siquiera este arresto domiciliario que sufrimos -yo en Asturias, en la más absoluta soledad y silencio en el que vivo- podrá amargar el sentimiento que me produce el paisaje que se divisa a través de la ventana. Te adjunto la música que escucho mientras te escribo… «Resurection» se titula y es de un teclista y músico profesional norteamericano cuyo nombre artístico es Raphael. y que la he extraído de su disco: «Músic to disappear in»
    https://www.youtube.com/watch?v=T8tnkT0colc

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