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¿De qué nos extrañamos?

Mientras el neoliberalismo se infiltra cotidianamente en nuestros hogares para decirnos cómo debemos vivir, qué debemos desear, qué debemos pensar y, por tanto, a quién es razonable votar, la crítica del capitalismo carece de presencia

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En ocasiones me sorprende la ingenuidad con la que realizamos nuestros análisis políticos.  Una ingenuidad que, inevitablemente, nos lleva a la frustración, porque hubo alguien que pensó, hace unos años, que el asalto a los cielos estaba al alcance de la mano y muchos, llevados del entusiasmo del momento, lo creímos.  Creímos que la esperanza y la fuerza que se desencadenó en el 15-M iban a ser la autopista que nos llevaría, irremisiblemente, a cambiar la sociedad.  Como si los amos del calabozo se fueran a quedar con los brazos cruzados, observando con estupor cómo les íbamos arrebatando, uno tras otro, todos sus privilegios.  Nada más lejos de la realidad, claro.  ¿Acaso a los bolcheviques no les montaron una guerra civil y una invasión? ¿No hubo una bahía de Cochinos frente a la revolución cubana? ¿No murió asesinado Allende defendiendo la democracia? ¿Y la contra nicaragüense? Sin irnos tan lejos, sabemos muy bien cómo acabó la experiencia democrática de la II República.  Las oligarquías siempre defienden, a sangre y fuego, si hace falta, sus privilegios.

Pero no quería ponerme dramático.  En realidad, lo que pretendo es reflexionar sobre el estancamiento electoral que Unidos Podemos viene experimentando en las últimas citas electorales.  Aunque precisando, en primer lugar, una cuestión, para salir al paso de ese negativismo que quieren instalar en nuestras filas: nunca, nunca en la actual democracia, una fuerza política a la izquierda del PSOE había obtenido unos resultados electorales como los conseguidos por Comunes, confluencias y Unidos Podemos en los últimos tiempos.  No lo digo para regocijarnos, pues nuestro objetivo no es ese,  sino para colocar las cosas en su justo término.

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Volviendo al tema, entiendo que los resultados electorales que obtenemos están en relación directa con nuestro trabajo político.  Y con eso no me refiero a iniciativas parlamentarias, donde, probablemente, los grupos parlamentarios de nuestro entorno político realicen una labor intensa y extensa.  Me refiero al trabajo político en el lugar donde, en la actualidad, se desarrolla lo fundamental de la batalla política: la construcción de subjetividad.  Si en algo se ha mostrado eficaz en capitalismo es en su capacidad de construir sujetos ajustados a los intereses del poder.   Jesús Ibáñez decía que el sujeto es el objeto mejor producido por el capitalismo.  El capitalismo ha generado un sentido común social que no se ajusta, en modo alguno, a los planteamientos de una política crítica.  Por ello, el discurso que se genera desde nuestro entorno no cae sobre campo abonado, sino todo lo contrario.  La nuestra es una propuesta política casi siempre a contracorriente o con un alcance muy limitado.  A lo que hay que añadir, claro, pero en esa cuestión no voy a entrar, la evidente distancia entre el discurso y las prácticas en nuestras organizaciones, que se han convertido, a marchas forzadas, en algo muy parecido a lo que queríamos combatir.

No cabe duda de que en nuestras sociedades el instrumento fundamental de construcción de subjetividad son los medios de comunicación de masas.  Ellos establecen la agenda de lo que se debe hablar, modelan nuestros deseos de consumo, nos in-forman de lo que ellos deciden que es la realidad.  Frente a los poderosísimos medios de comunicación  del capital, frente a esas metamáquinas afectantes, tal como las denomina Lordon, las posiciones críticas no presentan más que algunos medios digitales, ningún diario en papel,  ninguna televisión, ninguna radio.  Mientras el neoliberalismo se infiltra cotidianamente en nuestros hogares para decirnos cómo debemos vivir, qué debemos desear, qué debemos pensar y, por tanto, a quién es razonable votar –de entre las opciones que, cual producto de supermercado, el sistema nos ofrece-, la crítica del capitalismo carece de presencia.

Nuestras políticas están a expensas de lo que el poder, a través de sus medios de comunicación, decida transmitir.  Y, ¿cómo vamos a pretender que aquellos cuyos privilegios queremos  erosionar hagan un traslado mínimamente ecuánime de nuestras propuestas?  ¿No nos encontramos, más bien, con lo contrario, con un constante falseamiento de nuestra práctica por parte de los medios del poder?  ¿Cómo pretender, por ejemplo, que Heraldo de Aragón, y todas sus extensiones mediáticas, haga un tratamiento veraz de las propuestas políticas que contrarían los intereses económicos y políticos de sus dueños?

Esto nos lleva, finalmente, a la ingenuidad de la que hablaba al principio.  Es imposible avanzar electoralmente si no somos capaces de intervenir en las dinámicas de comunicación y construcción de subjetividad.  Si algo me irrita es escuchar esa frase de que <no hemos sabido transmitir nuestras ideas>.  Claro que algo tendrá que ver, en algunos casos, nuestra torpeza, pero cuando es el enemigo el que ha de contar lo que tú haces, ¿podemos esperar otro resultado?

En definitivas cuentas, haríamos bien en dejar de rasgarnos las vestiduras en cada cita electoral cuando no alcanzamos lo que las encuestas (¡anda que las encuestas…!) nos dicen que deberíamos alcanzar y ponernos a trabajar de una vez, en serio, en promover herramientas de construcción de discurso y, por lo tanto, de sujeto.  De otro modo, hacer política institucional es tarea, casi, vana.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza.

1 Comentario

  1. «Las oligarquías siempre defienden, a sangre y fuego, si hace falta, sus privilegios».
    Esto es absolutamente cierto, defienden a sangre y fuego sus privilegios, sin embargo aún seguimos escuchando, entre las mismas filas de izquierda, incluso de Podemos, aquellos argumentos de que «La guerra la perdimos porque, en la izquierda, no supimos ponernos de acuerdo y siempre va a ser así».
    La guerra la perdimos por lo que se pierden todas las guerras, porque el combate fue desigual. Pero en lugar de ser realistas y comprender el fondo de la cuestión – que su capacidad armamentística (económica) era mayor-, nos seguimos acusando entre nosotros y debilitándonos en la creencia de que el enemigo se encuentra en nuestras propias filas.
    Así, no vamos a ninguna parte 🙁

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