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Cuando cierra nuestro bar

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Cuando entrabas al Bacharach la clientela te escaneaba de los pies a la cabeza con un vistazo indisimulado, como es propio de los espacios habitados por gente con actitud, músicos, artistas, gente pretenciosa, frívolos modernos, melómanos y gente de gesto interesante, modelito estudiado y paso estiloso. Hay a quien le desagrada esa gente, no es mi caso. En la Ciudad Mediocre cualquier color chillón que destaque del gris es más que bienvenido. Con el cierre del Bacharach se apagan un poco más los colores de este pueblo. Espero que a la propiedad del local se le atraganten todos los euros que no quiso perdonar ni aun en medio de la pandemia de nuestras vidas.

Yo no fui un parroquiano oficial de esos que se ponían al fondo de la barra a departir con Enrique o Lucía y seguramente no me conocen por mi nombre, aunque sí por mi jeto. No conozco la intrahistoria del local más allá de lo que sabe todo el mundo ni fui de la familia, solo he sido un indie random, uno de los figurantes que hacían bulto -y gasto- al que los pies le llevaban allí de forma automática. El instinto hacía que las piernas se encaminaran al bar después de la cena, la terraza, el acto, lo que fuera. Quiso la casualidad que sí conociera a varias camareras, lo cual viene muy bien para cuando uno era demasiado puntual para la cultura mediterránea.

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Da la sensación de que los bares musicales van cayendo como cae la sociedad, «de a poco», que dicen los argentinos. Nuestro mundo va desapareciendo, como aquella Nada que avanza inexorable destruyendo Fantasía en «La historia interminable». Cuando cierra un bar como este el mundo se hace un poco más extraño y desconocido. Aún parece que fue ayer cuando las noches eran eternas y las calles nuestras, y en un abrir y cerrar de ojos la ciudad pasa a tu lado sin reconocerte.

El Fred Perry ya no queda igual con la barriga cuarentona y las patillas ya no son lo mismo con canas. Quizá ya no salga demasiado por la noche, pero cuando uno sale vuelve a los lugares donde ha estado cómodo y feliz, porque ¿quién no quiere volver a estar cómodo y feliz? Aunque solo sea para sentir quizá un poco los ecos de las amistades que celebramos y los amores que encontramos allí, entre copas, humo y bajo alguna canción especial que de toda la ciudad, solo allí escucharías. Quizá incluso , allí, alguna canción se hizo especial al sonar mientras estaba sucediendo algo que recordaremos toda la vida.

Que desaparezcan tus lugares es comparable a que desaparezcan las personas. Desaparece una parte de nuestro mundo que a partir de ahora tendremos que recordar para que no muera. Volveremos a recordar, a pasar por el corazón (re-cordis) aquellos momentos que solo pudieron darse en ese bar. Y cada vez que salgamos por ahí notaremos la ausencia de nuestros lugares seguros. Un largo éxodo desde el Central, El Zorro (el de antes), el Fantasma, el Tiger Lily… Cierra el Bacharach y nos moveremos, como refugiados de la noche, mientras el suelo se hunde tras nuestros pasos, a otro lugar seguro donde la música todavía signifique algo. Y quizá volver a marcar estilo, a fumar como una estrella de los 50′ con una cerveza en la mano y reconocernos una noche mientras suena nuestra canción.

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