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Ciudades con ceguera

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El 29 de enero, día festivo, estuvimos viendo Brexit, película de HBO. La película ahonda en los entresijos de la campaña previa al referéndum, cuya opción Vote Leave fue encabezada y dirigida por Dominic Cummings. El lema elegido por Cummings fue Take Back Control. Recuperar el control. El director, Toby Haynes, se esfuerza en que nos fijemos muy atentamente en que ya no vivimos en la era de los carteles, las chapas y los anuncios publicitarios: vivimos en la guerra de los datos personales. Me interesa quedarme con una frase que dice una persona en un momento de la película: la sensación de no contar, de no importar para nadie, de que el sistema te ningunea y que no tienes el control para dirigir tu vida.

Ay, amigos, sentirse invisible puede ser peor que sentirse contrariado. Si tienes algo en contra tienes un enemigo visible contra el que luchar, pero sentirse invisible es una de las cosas que más pueden hacer que alguien se cabree. Incluso, ser invisible puede hacer que saques tu lado más oscuro. Que se lo digan si no a Jack Griffin, el protagonista del clásico de H. G. Wells: El hombre invisible. James Whale, el director que se encargó de la adaptación al cine afirmaba que el protagonista era un lunático y que la película estaba dirigida a la “audiencia de mente racional”, según la cual “solo un lunático querría hacerse invisible”. Prefiero quedarme con la novela, en la que Jack Griffin es sobre todo alguien que quiere derribar el sistema social establecido.

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Me contaba una amiga diabética que se recorrió media Italia durante unas vacaciones sin encontrar helados sin azúcar. Por supuesto encontró veganos: con leche de soja, de avena, de almendras… pero no encontró sin azúcar. Ella, que es diabética. Otra conocida se quejaba el otro día de lo poco inclusivas que son muchas veces las ciudades para la gente que tiene descendencia, sobre todo, cuando quieres seguir teniendo algo de vida cultural y de ocio. Y lo mismo podemos reseñar de la accesibilidad. Locales nuevos con grandes obras en las que se invierte muchísimo dinero pero que no piensan en algo tan importante.

Hace un par de años en Brooklyn, Nueva York, nos adentramos en el barrio judío de Williamsburg. Comenzamos a pasear y a recorrer sus calles con curiosidad. Hombres con sombrero, tirabuzones y barba, y mujeres con peluca y faldas hasta la rodilla. Y niños, muchos niños y niñas. Notamos cierto recelo, pero sobre todo, indiferencia. Alguno nos devolvió el saludo. Tremenda experiencia la de ser los diferentes, los que invaden, los que estaban fuera de la uniformidad. Ser el diferente te da una perspectiva tremenda sobre qué pueden sentir algunas personas cuando no se cumple el estándar. Quizás los ciudadanos británicos que entraron al trapo de la política del miedo que alimentó la campaña de Cummings con el posible ingreso de Turquía en la UE, apelando al sentimiento de cultura e identidad nacional, debería darse un paseo por este barrio, y sentir que a lo mejor la comunidad judía de Williamsburg no cambiaría por nada su pequeño mundo por el Balconing y los gritos. No os ofendáis, queridos británicos, solo estoy generalizando como hacéis algunos de vosotros.

Y es que en general el mundo es hostil con todo lo que se sale del estándar, de la media, y de lo fácil. Lo que requiere esfuerzo cae en terreno de la sensibilidad particular de cada persona y aquí te das cuenta de que nos falta mucho por aprender. Tampoco conocemos los cauces para hacer que nuestros deseos o nuestras quejas se canalicen. Tampoco sabemos quién o dónde se nos puede escuchar.

El proyecto Ciudades que cuidan: Atlas del cambio, me parece una idea estupenda, que se define como: “una herramienta que permite visibilizar la transformación política y territorial que se está produciendo a escala estatal, hacia unas ciudades y pueblos municipalistas radicalmente democráticas y feministas. Incluye un repositorio pionero de las políticas realizadas desde mayo de 2015 por las Ciudades del Cambio y dibuja la ciudad municipalista en construcción: valiente, democrática, habitable, que cuida y colabora. El mapa, en continuo desarrollo, es muestra de un espacio político que abarca desde ciudades globales hasta municipios rurales”.

Hasta aquí, todo estupendo. Pero, ¿estamos preparados para este cambio? Porque a mí me da la impresión de que en general a nivel individual somos muy poco cuidadores y vemos muy poco a los demás como parte del puzle. Cuidamos de los nuestros, pero no cuidamos de la sociedad. No sentimos que el vecino de al lado sea uno de los nuestros. Y aquí perdemos todos. Necesitamos compromiso. El mismo que los padres adquieren al traer a su prole al mundo y cuidar. El mismo que fácilmente desarrollamos con nuestras amistades. Necesitamos compromiso en intentar que nadie se sienta invisible, en que todos contemos, en que los bares además de modernos sean accesibles, en que haya opciones culturales en horarios compatibles con la crianza. Necesitamos ciudades y espacios que den voz a las personas mayores y a toda su experiencia, y que no solo vendan juventud. Necesitamos vida de barrio y barrios que cuenten. Necesitamos perder el miedo a lo diferente, pero sobre todo necesitamos un paseo por Williamsburg, desterrar las mentiras y los mantras como que la migración acapara todas las ayudas, necesitamos educación que ayude a que no seamos solo datos personales sino personas. Necesitamos que el aplaudido discurso de Jesús Vidal en la gala de los Goya no se quede solo en un like. Necesitamos recuperar el control, pero no sobre nadie, sino sobre poder elegir qué mundo queremos. La invisibilidad, para la ciencia ficción.

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