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Cincomarzada y democracia vienen de la mano

Por qué se conmemora una batalla con una merendola en el campo

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Hay fechas mágicas en las que se repiten episodios históricos, y para Zaragoza en el siglo XIX fueron los cincos de marzo. Un cinco de marzo de 1809 entran triunfantes las tropas francesas en una Zaragoza devastada por los Sitios. Otro cinco de marzo de 1820, Zaragoza proclama la Constitución de 1812, La Pepa, sumándose así a la Revolución  de Rafael Riego. Y el 5 de marzo de 1838, los zaragozanos rechazan la incursión carlista en la ciudad. Es este cinco de marzo el que celebramos desde hace 180 años. Hay otras festividades que son consideradas “tradicionales” (que no lo son tanto), pero la que nos ocupa es realmente una larga tradición sólo suspendida por la dictadura franquista.

Nunca está de más seguir recordando por qué se celebra esta fiesta, pues siempre hay nuevas generaciones a las que informar del sentido de las cosas. Pero no sólo hay que recordar los hechos históricos, la incursión, la batalla, la victoria… hay que recordar lo que ha supuesto la Cincomarzada en nuestra historia, su celebración a lo largo de los años. O por ejemplo, la razón de que la celebración de una batalla sea una comida campestre. Todo tiene su explicación.

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El cinco de marzo de 1838

Recordemos: Primera Guerra Carlista. Una guerra civil que enfrenta a las dos Españas, la que quiere regresar al absolutismo y la que quiere avanzar en la revolución liberal. Dos Españas que ya no dejarán de existir la una frente a la otra. Zaragoza es abiertamente liberal. La memoria de los Sitios y de la breve experiencia liberal de Riego todavía es muy reciente. Sigue siendo aquel un pueblo  que defiende sus ideas con pasión y en ocasiones, excesos, como la de linchar a media docena de eclesiásticos a raíz de unas declaraciones del arzobispo adhiriéndose a la causa absolutista. Soldados y milicianos daban vivas a la Constitución de 1812, el Ayuntamiento pedía la extinción de conventos y la libertad de prensa. Zaragoza era una ciudad revolucionaria que quería ir mucho más lejos de las reformas que la monarquía isabelina se vio obligada a introducir a cambio del apoyo de los liberales.

No es extraño por tanto que, cuando los vecinos y vecinas (las mujeres participaron de forma destacada) escucharon a las tropas carlistas dentro de la ciudad -dando vivas al “Rey Carlos” y a la Inquisición y mueras a los liberales-, salieran lanzando tejas, muebles y agua hirviendo a los intrusos desde las ventanas, mientras la milicia nacional formaba barricadas en las calles y contenía a los reaccionarios. El final de la jornada terminó con las tropas carlistas huyendo, dejando tras de sí 217 muertos, 300 heridos y 700 prisioneros. Por la parte local, sólo 11 muertos y 52 heridos. Una gesta que le valió a la ciudad el título de “Siempre Heroica”.

La fiesta y la democracia

A partir de aquel día, el Ayuntamiento declaró el cinco de marzo día festivo, siendo la primera fiesta laica instaurada hasta el momento. Todo comercio y taller cierra, desfilan las tropas y las milicias nacionales, salen los gigantes, se corren novilladas y por la noche, baile. Y así, durante uno años, los zaragozanos recordaron el cinco de marzo. Pero los vaivenes políticos de España alterarán la popular fiesta. Pese a la resistencia de la ciudad, los moderados toman el poder en 1843. Estos moderados, con Narváez a la cabeza, desandarán los pasos que había tomado la Revolución liberal. En Zaragoza, desarmarán a la Milicia Nacional y crearán nada menos que la Guardia Civil. Y como elemento simbólico, dejará de celebrarse el cinco de marzo, pues el nuevo partido en el poder la consideraba una fiesta demasiado exaltada en la que los efectos del alcohol, al caer la tarde, revelaban las simpatías revolucionarias de la población. De modo que, en ausencia de festejos oficiales y prohibidas las reuniones públicas ese día, los habitantes optarán por salir de la ciudad y seguir celebrando el aniversario de la Cincomarzada en el campo, en las riberas de los ríos Gállego o la arboleda del Macanaz, lejos de la vigilancia de las autoridades. Allí, comerían y beberían desde el mediodía hasta que caía el sol, momento en que debían ser más recurrentes los vivas a la Pepa y los mueras al Trono.

La Cincomarzada volvería a ser festividad oficial con el regreso de los revolucionarios al poder, pero se mantendría el formato de merendola popular. Así, según fueron pasando gobiernos y regímenes políticos, la fiesta se mantuvo con mayor o menor entusiasmo de la autoridad del momento, según el color político. La celebración fue extendiéndose por otras zonas como La Almozara, Estación de Utrillas, Torrero y Casablanca según avanzaba el siglo XX. La fecha mantuvo su cariz popular, democrático y republicano siempre; así lo entendían los que la festejaban, aun cuando poco a poco se perdiera el recuerdo del evento que le dio origen. Y así lo entendía también la otra España, la que quería volver atrás en el tiempo, hasta que lo consiguió.

En 1937, durante la guerra civil, los fascistas suprimieron la Cincomarzada. Suprimieron incluso el nombre de la calle “Cinco de marzo” y lo sustituyeron por “Requeté aragonés”, por las unidades de carlistas que luchaban junto a Franco. Los carlistas obtuvieron su venganza cien años más tarde y su proyecto político, el de volver atrás, se cumplió con creces con la dictadura franquista. La fiesta estuvo proscrita cuarenta años hasta 1977, muerto Franco pero sin democracia todavía, en que se volvió a salir discretamente a merendar al campo. En 1979 volvió oficialmente la Cincomarzada junto con la democracia, hasta convertirse en lo que conocemos hoy, la fiesta popular por excelencia de Zaragoza. Chorizo, longaniza, asociaciones, peñas, partidos, sindicatos, botas de vino y “vivas” y “mueras” no muy distintos de aquellos del siglo XIX. La España democrática sigue celebrando la libertad mientras otros les miran en la lejanía, conspirando para hacerles volver atrás en el tiempo.

 

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