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Azcón I, el veloz

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A nadie cabía duda alguna de que el acceso a los ayuntamientos del trifachito se iba a caracterizar por una labor de desmontaje de los avances que se hubieran podido realizar en estos cuatro años.  Especialmente allí donde los comunes, los ayuntamientos del cambio, han intentado, con mayor o menor éxito, acabar con inercias de décadas.  Inercias que suponían la existencia en la sombra, o no tanto, de un gobierno de poderes fácticos económicos, que eran los encargados de señalar el camino a sus peones políticos.  A pesar de ello, sorprende la velocidad con la que algunos se han lanzado a la tarea.  Rumbo al pasado a todo trapo, alentados por su marinería corsaria.

Como digo, sorprende la inconsciente o soberbia celeridad con la que el nuevo alcalde de Zaragoza ha colocado sobre la mesa el camino que ha de regir su acción: la devolución de favores.  Insisto en que todos sabíamos que si los poderes fácticos, ese conglomerado mediático-empresarial que quiere hacer y deshacer a su antojo en Aragón, ha hecho todo lo posible para colocarle al frente de la alcaldía era precisamente para eso.  Pero aun así, que en su primera entrevista a un medio lo explicite de un modo tan directo, provoca un cierto respingo.  Hace falta tener mucho desparpajo para decir que la reforma del estadio municipal de La Romareda, utilizado de modo casi exclusivo por un club en el que, precisamente, se dan cita todos esos poderes fácticos a los que antes aludíamos, es un asunto prioritario que va a ocupar al ayuntamiento desde ya.  Algo de sorprendente ha de tener el anuncio cuando incluso sus socios de Ciudadanos se apresuraron a decir que no, que no era prioritario.  Pero bueno, ya sabemos de la fiabilidad de las posiciones del partido de Rivera.

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No voy a abundar en la barbaridad que supone dedicar el dinero público para suministrarle una infraestructura a una empresa privada, en este caso un club de fútbol.  Solo diré que es curioso cómo los defensores del libre mercado se olvidan tan rápidamente de sus principios cuando se trata de conseguir beneficios.  Lo llaman colaboración público-privada, que quiere decir que los ciudadanos ponemos la pasta y unos listos se la llevan.  Pero bueno, no, en realidad lo que quería subrayar es ese afán de desmontaje con el que los trifachitos han accedido al poder.  La Romareda, las bicis, la procesión del Corpus, el tranvía, el outlet de Pikolín, y, como decía mi madre, lo que te rondaré, morena.

Claro que no es una singularidad zaragozana, pues el desmontaje de Madrid Central, por la vía de los hechos, ha sido, de hecho, la primera acción del nuevo alcalde de Madrid.  Acción tremendamente simbólica, pues pone de manifiesto la tendencia del trifachito a dar alas a las bajas pasiones populares (en este caso, partido y adjetivo sí coinciden), como el coche en el caso de Madrid, el fútbol y la religión en el de Zaragoza, aunque ello pudiera atentar contra los intereses de la ciudadanía en su conjunto.  Algo muy evidente en el caso de Madrid, donde estamos hablando, directamente, de la salud de sus habitantes, desde los parámetros establecidos por la propia Unión Europea.

Parece claro que a esta derecha reaccionaria y mentirosa, sometida a los poderes económicos,  ha venido para desmontar todo lo desmontable,  para devolvernos al pasado y para seguir exacerbando bajas pasiones, aun a costa de erosionar la convivencia ciudadana.  Para ello contará con una extrema derecha con la que se siente uña y carne y que, al parecer, entiende que la violación es un divertimento propio de muchachos sanotes, muy machos y, por ello, muy españoles.  A oponerse a que a una la violen le llaman ideología de género…  En fin, cosas veredes.  Y esto no ha hecho más que comenzar.

 

*Profesor de Filosofía.  Universidad de Zaragoza

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