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Archipiélago balcón

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No sólo macetas y ropa tendida, ahora también gestos cargados de significación social. Aplausos, caceroladas y una improvisada sesión musical han dado un nuevo sentido a los balcones. El confinamiento de estas semanas ha servido para mostrar cómo el mirador doméstico ha pasado de repente a formar parte del espacio público.

Es curioso cómo, pese a la distancia, se crean liturgias que permiten distinguir los objetivos de cada tipo de manifestación. Sabemos a qué se refieren los aplausos de las 20:00 y qué objetivo pretende el que sale a sacudir su olla hueca como un poseso. Hemos aceptado tácitamente que tras el acto reivindicativo y el paciente enclaustramiento, llega la ocasión del festejo popular en el que la vecina del quinto sube el volumen de su aparato de música. Las balaustradas, en fin, se han convertido también en púlpito desde el que sancionar a gritos al incauto que osa pasear a deshora por la calle. Los balcones han formado momentáneamente una réplica de la sociedad.

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Da la impresión de que tras estos comportamientos existe un acto mítico fundador, una suerte de obediencia colectiva a una orden no dada. Y esta no puede ser otra que la necesidad innata de intercambio, confrontación, muestra y ocultación frente a la colectividad. Este archipiélago de balcones nos permite unirnos precisamente a través de aquello que nos separa. Apelar a los otros, por tanto, manifiesta nuestra exigencia de contacto social. Pero al mismo tiempo deseamos mantener una distancia de seguridad que permita preservar nuestra individualidad que, en las circunstancias actuales, vale tanto como decir nuestra salud.

Durante su estancia en Nápoles, el filósofo alemán Walter Benjamin observó un fenómeno curioso en sus calles que denominó “porosidad”. Con este término se refería a la costumbre de hacer vida en la calle. La casa no es el refugio al que se ingresa, sino el depósito de donde fluye y se comparte la vida: “el hogar reaparece en la calle y la calle entra dentro del hogar”. Se rompe así el encajonamiento del domicilio, celda de separación y distanciamiento, propio del hábito burgués, y se produce así una extensión de límites que es reflejo de la “más radiante libertad de espíritu”.

Me viene a la cabeza todo esto cuando, al pasear por las calles, compruebo cómo la gente habla de forma más habitual de balcón a balcón, sobre todo en las travesías antiguas de la ciudad, esas que conservan aún su pálpito de mentidero. Hay otras casas, sin embargo que han clausurado sus terrazas, ampliando el ámbito casero y negando presencia a la dimensión urbana exterior. Quizá, pienso, remedo de un individualismo que ha ido ganando espacio.

¿Son estas balconadas un síntoma de recuperación de la interacción social perdida? Si tenemos que basarnos exclusivamente en este fenómeno, me temo que la vuelta a los abrazos no traerá más vínculo colectivo. La intensidad de estas manifestaciones ha decaído al compás de una mayor permisividad a la hora de pisar la calle. Con el tiempo, el aplauso a las 20:00 se había convertido en un rito que expresaba más aburrimiento que reivindicación. En todo caso, comprobaremos su eficacia como mecanismo de concienciación ahora que el personal sanitario comienza a reivindicar sus derechos y, de paso, los de una mejora en la Sanidad Pública.

Más optimismo sobre el anhelado retorno de una comunidad organizada son las redes vecinales de apoyo formadas durante la cuarentena, tanto para atender a los colectivos de riesgo frente al Coronavirus, como a las familias más necesitadas. En distintos barrios de Zaragoza se han puesto en marcha estas iniciativas que han venido a reforzar las redes de apoyo ya existente.

Y es que la necesidad de interacción va más allá de un cómodo gesto reivindicativo. Si no acaban en solidaridad, de nada habrá servido. Los balcones son espacios reducidos y efímeros, demasiado apegados a nuestra individualidad doméstica. Hacen falta espacios separados y amplios donde construir, como decía Gil de Biedma “una humilde cosa común”. Hay que empeñarse en hacer revivir esas categorías zombies que con el neoliberalismo se mantenían en un coma inducido. Quizá sea ésta una buena oportunidad porque van a hacer falta con lo que nos espera.

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