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Aragón. Más allá de calendarios y más acá de Atenas. El real y no el Real

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Entrada de Roger de Flor en Constantinopla bajo bandera aragonesa

Nuestra tierra presenta una Historia fascinante, pues, fruto de la unión de una serie de señores montañeses vinculados a la Casa navarra durante el periodo andalusí se formó y se empezó a conformar un nuevo espacio político al que llamaríamos Aragón.

De forma paulatina y aprovechando los momentos de debilidad y las brechas abiertas por las autoridades moras, los condados, después Reino, habrían de avanzar a lo largo del valle del Ebro llegando a la ciudad de Zaragoza a principios del siglo XII.

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Esta expansión por tierras fértiles y menos inhóspitas que los helados enclaves prepirenaicos, hubieran de verse ampliados cuando este incipiente Reino que empezaba a tratar de frente al resto de sus iguales peninsulares se vinculó con la Casa barcelonesa.
La apertura hacia el Mediterráneo y el continuado avance hacia la huerta valenciana llevaron al Reino, ahora Corona, a establecerse como una administración potente del suroeste europeo. Situado en un enclave privilegiado, dadas sus posibilidades a lo largo del Mare Nostrum, así como sus vínculos con el papado, se lanzó a la ampliación de sus territorios en la península itálica.

Primero las Baleares, para dar el salto, en esa combinación de la espada y la alianza matrimonial, a territorio italiano. Cerdeña, Nápoles y Sicilia serán el botín adquirido. El Reino de Mallorca venía a sumarse a una Corona que dada la diversidad y la correlación de fuerzas entre sus territorios hubo de establecerse en base a cuatro espacios equilibrados y que mantenían disposiciones propias. Al originario Reino de Aragón, el poderoso Condado catalán y el Reino valenciano se sumaba, por lo tanto, el mallorquí que, no cabe duda, constituía un enclave estratégico en el Mediterráneo. No es baladí que los ingleses lo reclamasen como pago en Utrech en el siglo XVIII.

Los Reinos de Nápoles y Sicilia con la isla de Cerdeña no iban a ser el punto máximo de expansión de la Corona, pues la Compañía de los Almogávares, mercenarios al servicio de Roger de Flor y contratados por Bizancio para combatir a los otomanos en Anatolia, habrían de ocupar para el monarca aragonés la histórica Atenas y lo que conocemos como el Ducado de Neopatria. Nos situamos en el reinado de Pedro IV, a finales del siglo XIV, momento en el que ese conjunto de tierras norteñas que de forma unilateral se habían conformado en Reino, para, a través de alianzas matrimoniales y una combinación de astucia y fortuna, ampliar sus horizontes hacia el Mediterráneo, había llegado a su máxima expansión. Los Ducados de Atenas y Neopatria apenas estuvieron una década en manos del monarca aragonés, sin embargo, es ampliamente conocido y reconocido ese hito.

Es a su vez ampliamente conocido y reconocido como los voluntariosos monarcas y los aguerridos nobles combatían y hacían retroceder a los paulatinamente debilitados reinos andalusíes. Incluso el mercenario Díaz de Vivar dispone de múltiples cánticos en reconocimiento a su valor, el cual hemos de decir que prestaba al mejor pagador.

La Historia de Aragón, que insisto es fascinante, presenta una serie de componentes que, en esa tradicional pretensión de construir historias de señores de alta cuna, batallas victoriosas y elementos que doten de solidez a los planteamientos del presente, oculta sin embargo otros muchos aspectos. Otras muchas historias.

“Fernando II, el Cátólico, ha sido el aragonés más influyente de la historia. Puso la primera piedra de la construcción de la unidad de España y del Estado” afirmaba el presidente de la Comunidad Autónoma de Aragón en 2016 cuando se cumplían cinco siglos de su muerte. El Monarca que imaginó España y Europa, o así se le presentaba en dicha conmemoración, sin entrar en aspectos de su reinado, presenta una realidad profundamente diferente que cualquier hombre o mujer del Aragón de principio del XVI. He de reconocer que discrepo de esa capacidad e imaginación del Monarca, aunque nunca podremos corroborarlo. Sin embargo, lo que sí podemos saber es que esos hombres y mujeres del medio rural y de las ciudades, humildes y con nada más que su capacidad de trabajo para sobrevivir, no vieron ni imaginaron nada más allá de lo que sus ojos podían alcanzar. Hombres y mujeres que por cientos y miles, sin embargo, eran quienes labraban, producían, gestionaban e incluso constituían los Ejércitos del Rey que tomó Granada para la cristiandad.

Cuando nos remitimos a Aragón; a su pasado, su presente y sus posibilidades de futuro, nos encontramos con una sucesión de acontecimientos extraordinarios, tradicionalmente vehiculados a través de, o gracias a, hombres igualmente extraordinarios.
A su vez, encontramos Nápoles o Atenas pero no las pedanías del Sobrarbe o de la Ribagorza, espacios que son los que, a fin de cuentas, dieron origen al Reino.

Disponemos de un detallado conocimiento de los monarcas. Por supuesto el ya citado Fernando II o cualquiera de los Pedros: el Primero en ese origen del Reino en el siglo XI o el Segundo que se enfrentó y pereció en Muret contra las tropas del Papa protegiendo a los Cátaros. El Tercero llegaría hasta Túnez y qué decir del Cuarto, que no solo se enfrentó a la poderosa Corona castellana en la Guerra de los Dos Pedros, sino que durante una década asumió la tierra que vio nacer la Filosofía y la Democracia.
Pero, la gente corriente, aquellos que con su esfuerzo y perseverancia no solo dotaron de consistencia al territorio interior sino que sufragaron las aventuras exteriores, ¿dónde están? Parafraseando a Bertolt Bretch: Fernando el Católico venció en Granada, “¿no llevaba siquiera un cocinero?”. Por supuesto que lo llevaba, pero no conocemos su nombre ni sus inquietudes, ¿o acaso los humildes no las tienen? ¿Carecen acaso de imaginación? Desde luego que no.

La Historia se construye, por quienes a ello dedican su esfuerzo y su talento, a través de las fuentes que permanecen. Siendo estas mismas fuentes, hemos de decir, las que sobredimensionan unos personajes sobre otros y a unos espacios sobre otros.
Sin embargo, el quid de la cuestión y el elemento que creo que es sintomático, es cuando el conocimiento y la difusión de la Historia pasa por el filtro del poder, sucede que de manera consciente e incluso tenaz se publicita y se le otorga una dimensión mayor que la que podría corresponderle a quienes de facto aparecen en las fuentes. A cambio de invisibilizar a quienes, de manera no oficial pero sí oficiosa, construyen la Historia.

Aragón, a mi parecer, va mucho más allá de lo que puede caber en un calendario, donde además, nuevamente se le otorga un excesivo peso a elementos no tangibles como los símbolos. Aragón nunca fue ni es Atenas o Neopatria, sino que si ha de ser algo será el Sobrarbe, la Ribagorza, el Matarraña o el Maestrazgo. Tierras difíciles, inhóspitas, con tradiciones culturales propias del medio rural y ejemplificadoras de lo que a fin de cuentas es Aragón: un territorio humilde y profundamente despoblado, donde el valle del Ebro y la ciudad de Zaragoza, bien ubicada en la Península, concentran la riqueza y la propia vida en detrimento de la mayor parte del mismo.

Creo que toca contar e insistir en ese Aragón, el que describe Julio Llamazares en La lluvia amarilla, despoblado y vacío. Duro pero a su vez acogedor. Con encanto pero sin mitificar. Creo que toca enmendar a los del Aragón de los calendarios y del Partenón en favor del Aragón real. Con minúscula, el de la gente real y no de la Realeza. El del interior humilde y no aquel supuestamente temido en Oriente.

También, creo que toca señalar a aquellos que desde ambos lados del río Noguera Ribagorzana utilizan el pasado, o de lo que de él quieren extraer, para justificar su ineptitud, su desprecio y el olvido al que someten a los hombres y mujeres que, más allá de los símbolos y los mitos, cada día se levantan para ir al tajo. A quienes hacen Patria. La de verdad: la de quien cuida, protege, ayuda y enseña. Y no odia ni enfrenta.

Y respecto del pasado, agradecer a quienes siguen en la pelea de cuestionar las historias oficiales y tratan de otorgar luz a quienes fueron tragados por las sombras del olvido. Cada vez más y cada vez más imprescindibles.

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