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¿A qué jugamos?

En cuanto aparece la palabra mágica, listas electorales, perdemos el oremus

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¿A lo de siempre?  ¿Pero no decíamos que habían venido nuevos tiempos? ¿No gritábamos, refiriéndonos a las viejas políticas y a los viejos políticos, y a sus modos viejos, que no nos representan?  Está claro que, en cuanto aparece la palabra mágica, listas electorales, perdemos el oremus.  ¡Qué cansancio!

En ocasiones, recuerdo la época en la que estaba enfrascado en la lucha política.  O, por mejor decir, que lo hacía en el seno de una organización, porque creo que, aunque de otra manera, no he dejado nunca de hacer política.  Y comprendo que, cuando estás en esas dinámicas, tu mirada es muy diferente, porque está influida por debates, procesos, acciones que pertenecen al interior de las organizaciones, de los que quienes estamos fuera de ellas poco sabemos (en mi caso, ni ganas, porque cuando me entero de algunas cosas, se me cae el alma –alma epicúrea, compuesta de átomos materiales, que se irá a hacer puñetas, en su día, con el resto de los átomos que componen mi cuerpo- a los pies).  Debates, dejadme que os lo diga, en su mayoría perfectamente estériles y prescindibles y que convierten pequeñas chinas en obstáculos insalvables.  En mi época de sectarismo de sector (ni siquiera de Partido) llegué a oponerme, con dureza e insistencia, a que Cristina Almeida viniera de campaña electoral a Zaragoza, en un momento en que su imagen daba votos.  Es una de las cosas de las que me arrepiento (independientemente de que mi valoración política del entorno que ella representaba continúe siendo crítica) y que me parece ejemplificadora de qué minucias pueden ser objeto de batallas viscerales dentro de una organización.

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Está claro que la experiencia humana no se acumula en las siguientes generaciones, que cada uno, cada una, debe tropezar en su propia piedra para sacar sus conclusiones.  No se escarmienta en cabeza ajena, como se suele decir.  Pero, aun así, me desazona ver que nos decimos convencidos de ciertas cuestiones que, inmediatamente, desdecimos en la práctica.  Y cuando algo no se practica es que, en realidad, no se cree en ello.  Las nuevas realidades sociales se están llevando por delante los modos de hacer política tradicionales.  Quizá nosotros fuimos de los primeros en darnos cuenta de ello.  Pulsamos el hartazgo ciudadano, el descreimiento de la política, el deseo de que las cosas fueran de otro modo.  Y porque lo vivimos y lo impulsamos, ahora no podemos darle la espalda.  A no ser que decidamos darle la espalda al momento histórico que estamos viviendo.

Porque vivimos un momento histórico, un ciclo de cambios que, en un primer momento apuntó en una dirección crítica, y de ahí surgimos, pero que ahora ha girado, en diversas partes del planeta, no solo de Europa, hacia posiciones neofascistas.  Y si alguien, en sus ridículas y pequeñas luchas, no es capaz de darse cuenta de ello, no merece estar en política. En cada proceso, es mi manera de verlo, nos jugamos el futuro.

Una de las señas de identidad de la vieja política es el cortoplacismo, su incapacidad para dirigir la mirada hacia un horizonte lejano y pergeñar un camino para alcanzarlo.  Todo se resume en la lucha inmediata, cotidiana, por cuestiones menores.  Evidentemente, no vinimos aquí para ese tipo de prácticas.  O encarnamos una mirada global, de futuro, cargada de esperanza desde la conciencia del peligro o mejor nos vamos a casa.

Sé que estoy rodeado de gente que, si está ahí, echando horas y vidas, es porque cree que es posible un mundo mejor. Sé que estoy rodeado de gente que sabe que, en estos momentos de crecimiento de la ultraderecha, se impone un amplio frente social que haga de dique de contención.  Sé que mucha de esa gente siente el peso de su organización en las espaldas, en lo más alto.  Y que ese peso les hace inclinar la cabeza, con el riesgo de acabar mirando a sus propios pies. Silvio Rodríguez decía, en su Fábula de los tres hermanos, que, “de tanto en esa posición caminar, ya nunca el cuello se le enderezó (…) y se hizo viejo, queriendo ir lejos, con su corta visión”.  Las organizaciones, lo sabemos, son instrumentos, nunca deben convertirse en lastres para una política necesaria. Hay que clavar la vista en el horizonte, relativizar los desencuentros, avanzar hacia donde quienes nos tienen confianza nos exigen.

No demos la razón a quienes creen imposible hacer política de otro modo.  ZeC, con sus errores y sus aciertos, fue fruto de algo imprescindible: la participación con entusiasmo.  Y por eso ZeC es patrimonio de quienes decidimos impulsarla.  Cuidemosla bien, dejémosla crecer como experiencia nueva.  Seguro que mucha gente, fuera de ZeC, nos lo agradecerá.

*Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza

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