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¡A ganar!

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Explosión de entusiasmo en el hemiciclo cuando la Presidenta del Congreso, Meritxell Batet, ha proclamado Presidente del Gobierno a Pedro Sánchez por 167 síes frente a 165 noes. Volvía a entonarse el «sí se puede» desde los escaños en una euforia indisimulada desde la izquierda mientras la extrema derecha abandonaba apresuradamente el lugar para no tener que presenciar la alegría de sus enemigos. Besos, abrazos y un Pablo Iglesias que entraba en llanto, tal vez porque las alegrías en política son tan efímeras que en los cada vez más escasos instantes mágicos que ofrece la vida uno no puede, o no quiere, contener la emoción.

El debate previo, una versión comprimida y acelerada del celebrado 48 horas antes, ha repetido los grandes éxitos radiados durante aquel, pero al ser intervenciones de no más de cinco minutos se construía un diálogo entre los oradores bastante más entretenido. Casado repetía sus acusaciones de fraude, Arrimadas seguía apelando al Tamayazo y Abascal recitaba sus bulos de internet preferidos. Las derechas pataleaban con una cita del «presidente de la República Manuel Azaña» realizada por Pedro Sánchez y Casado entonaba vivas al Rey desde la tribuna como si estuvieran en un cuartel. Pablo Iglesias apercibía después a la derecha del gran servicio que le hacían al republicanismo si identificaban la monarquía con ella, guante que también ha tomado Aitor Esteban del PNV apostando a que en Zarzuela quizá no estarían muy contentos con la performance de exaltación monárquica.

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Los diputados de la derecha han seguido interrumpiendo a diputado novel de Teruel Existe, vociferando cuando este dudaba o se atropellaba al reafirmar su posición, como tiburones que al olor la sangre atacan con más vigor. Ana Oramas mostraba su lado cínico excusándose por el papelón que desempeñaba, tal vez esperando un aplauso que nunca llegó. El diputado de Nueva Canarias prescribía a la derecha valium y Baldoví, de Compromís, educación, para después dejarse llevar por el entusiasmo y dedicar a la bancada izquierda un «¡a ganar!». Errejón daba las gracias a Pedro y Pablo y Matute, de Bildu, trataba a las derechas como a los animales: sin mostrar titubeos ni miedo, pues sabe que al olor del miedo la jauría se envalentona.

Los partidos catalanes hablaban para TV3 y sus discursos solo se entienden en esa clave, un mundo totalmente ajeno y aparentemente lejano a lo que allí se estaba dirimiendo, aun cuando los votos de ERC indican que el partido se ha quedado bizco de mirar con un ojo a Madrid y con otro a Barcelona, usando la hipérbole para no dejar resquicio a ser tildados de traidores por JxCat.

No se recuerdan tantos sentimientos a flor de piel en el Congreso de los Diputados, algunos impostados, como las teatralizadas indignaciones ante los oradores de Bildu, o el «jurado de la Voz» sentado en la Mesa del Congreso de espaldas, como señalaba Matute en referencia a Suárez Jr. Pero otros llantos eran incontenibles, no sólo el de Iglesias pasado el clímax, sino sobre todo, el aplauso a la diputada catalana Aina Vidal, que acudía a votar soportando un terrible cáncer, una acción que es símbolo de la conciencia histórica de lo que se está viviendo.

Para la izquierda las victorias duran horas, por eso han de beber sus botellas de champán la tarde del martes. La mañana del miércoles con algo amargará la esperanza. Las cloacas de la prensa ya echan humo hurgando en el pasado de los ministrables a ver si pueden hacer dimitir a alguien. Se barrunta que la España de las familias más ricas no va a dejar ni un respiro. Al final de su intervención, Iglesias avisaba a Sánchez de la clave de esta etapa que se abre: «no nos van a atacar por lo que hagamos, nos van a atacar por lo que somos». Traducción: nos van a dar las mismas hostias si te pasas que si te quedas corto, así que sin miedo, adelante, o como dijo Baldoví: ¡A ganar!

 

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